En los tiempos de la rivalidad que protagonizaron John McEnroe y Jimmy Connors, el tenis no era como lo conocemos en la actualidad; resultaba bastante común ver a los jugadores divirtiéndose en una discoteca (antro en términos del siglo veintiuno) después de un partido, algo impensable para Federer, Nadal, o Djokovic. El deporte ha cambiado mucho desde entonces; físicamente es más duro y veloz, de ritmo vertiginoso, con saques potentes que suelen hacer imposible devolverlos. Para aspirar al triunfo los tenistas modernos deben ser atletas que no pueden darse el lujo de relajarse entre partidos. En contraparte, los tenistas de las décadas de los setenta y ochenta eran artistas de la raqueta, cuya técnica era más depurada y fina; esto tenía como resultado largos y emocionantes puntos en los que la pelota tocaba todas las esquinas de la cancha, hasta que llegaba el inevitable error.
Gracias a estos dos tipos arrogantes, soberbios y geniales, el deporte blanco se popularizó y de hecho su lucha por la supremacía marcó el comienzo hacia el espectáculo masivo que es hoy en día. Este fue el mejor momento del tenis en Estados Unidos, nunca ha habido nada igual; el juego se popularizó de tal manera que dejó de ser exclusivo de las clases altas. Miles de niños quisieron emular a John McEnroe y Jimmy Connors antes que a los beisbolistas o basquetbolistas más famosos; el público estuvo dividido en dos bandos irreconciliables que apoyaban a su respectivo as.
El “boom” provocó que el Abierto de los Estados Unidos tuviera que ser trasladado hacia una sede más grande que el pequeño club donde se había jugado hasta entonces: el parque neoyorquino de Flushing Meadows, el mayor escenario de tenis del mundo. Desde principios de los 1980, el gigante de la televisión deportiva ESPN transmitió íntegramente el torneo, sin esperar a la final como hacía antes. Los partidos eran batallas sin cuartel, tanto en la cancha como en las gradas. Los primeros planos de Connors-McEnroe mientras reclamaban, pataleaban y se lanzaban miradas retadoras, eran más abundantes que los de cualquier estrella de Hollywood.
Una de las principales consecuencias de esta rivalidad y lo que giraba en torno suyo, fue que echó a andar la maquinaria del marketing deportivo, tan común actualmente, en particular John supo aprovechar muy bien su posición y firmó jugosos contratos que le dieron a ganar millones de dólares, independientemente de los premios que ofrecían los torneos. Varias de estas marcas, como Wilson, lo patrocinaron a lo largo de su carrera y aún después del retiro. Por su parte Jimmy fue menos exitoso en cuestiones de patrocinadores, dado que su personalidad explosiva solía traerle problemas y era un tanto errático en los asuntos comerciales y financieros. Aún así también logró hacer fortuna y convertirse en un hombre rico que viajaba en jet privado, poseía una enorme mansión y una colección de autos de alta gama, el típico ejemplo del sueño americano del hombre que empezó desde abajo y pudo llegar a la cima social gracias a su esfuerzo.
Los encuentros Connors vs McEnroe eran tan buenos debido al encono y antipatía personal que había entre ambos titanes, ni siquiera en la Copa Davies, torneo mundial que se disputa por país, fueron capaces de hacer equipo, cuando lo intentaron fue un completo desastre y terminaron eliminados. John siempre dijo que el jugador al que más respetaba, e incluso admiraba personalmente, debido a su profesionalismo a toda prueba, fue el sueco Bjorn Borj, otro gigante en la historia del tenis, pero que en cambio con Jimmy sólo había fricción, “pura, horrible, hermosa fricción”. Hasta el jueves…