La pandemia nos enseñó la fragilidad que tenemos como seres humanos, y también lo poco solidarios que podemos ser en relación con el padecimiento del otro, ejemplos sobran, pero, sin duda el recordar los ataques con cloro a las enfermeras por miedo al contagio, nos muestra una cara de lo sórdido de la naturaleza humana. Lo anterior, al margen de yerros y ocurrencias de las autoridades en turno (de todos los órdenes de gobierno) que entre “sobadas de vaporub y estampitas milagrosas” combaten la pandemia en el territorio azteca.
Los abuelos decían que no hay mal que dure 100 años, ni cuerpo que los aguante y, en la cuarta ola de contagios con todas las variantes del Sars-Cov-2 seguimos huérfanos y dejados a nuestra suerte por ausencia de políticas sanitarias de Estado. Alrededor de estas ideas y con la equivocada filosofía de que el COVID-19 es una “gripita” la realidad no se puede ocultar y hoy por hoy México ocupa los primeros lugares en Latinoamérica por muerte por COVID-19.
A ello se añaden una gran cantidad de familias que se componen por adultos mayores y que, bajo esa lógica, son un grupo de riesgo y la propensión a contagiarse y necesitar hospitalización es muy alta. Sin embargo, no solo el grupo de la tercera edad se enfrenta a este problema, es difícil negar la existencia de personas con capacidades diferentes que quedan desprotegidos cuando sus tutores mueren por la enfermedad. No hay dignidad humana en esta danza de la pandemia
La distorsión de la realidad nos despierta crucificados y con pocas esperanzas de un mejor mañana; para justificar lo antes descrito, habrá de entenderse la taxonomía de Urie Bronfenbrenner (psicólogo ruso, creador de la teoría ecológica) como un nuevo paradigma, en relación con los sistemas sociales que dicta como:
1. Macrosistema: gobierno, sistema religioso, valores, cultura, tradiciones.
2. Exosistema: gobiernos locales, iglesia, familia extendida.
3. Mesosistema: vecinos, centro escolar, compañeros, familia.
4. Microsistema: individuo.
Ninguno de los sistemas anteriores podrá entenderse, sin importar la pretensión de sostener que habrá una nueva normalidad. Los problemas que surgen de la vida común, tendrán que analizarse desde cada uno de los sistemas adicionando la variable muerte como el estadío base de la necropolítica del Siglo XXI.
Pese a las recomendaciones éticas, los nudos solidarios en el presente se difuminan y restan significado a la vida, anticipadamente se odia al otro por ser portador de una amenaza de muerte, pero no existe la capacidad empática de romper la cadena de contagios: 1. Porque se debe llevar pan a la mesa y, 2. Porque a estas alturas existen individuos que sostienen que el virus es un acto conspiracionista. Entre odios anticipados no hay iniciativa que pueda ser capaz de tejer una nueva comunidad y dinámicas de reactivación efectiva en beneficio de todos.
Ya lo mencionaba Adela Cortina en su Ética Cosmopolita: nos hace falta mucha cordura en tiempos de pandemia.