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Se le cayó la mascara

Se le cayó la mascara

Columnas jueves 23 de julio de 2026 -


Hemos hablado, en más de una ocasión, del frecuente y profundo contraste que existe entre las virtudes públicas de la gente y sus vicios privados. Nuestra sociedad ha puesto un valor enorme en la supuesta autenticidad y congruencia; esto es, nos gustaría que el personaje y la persona coincidieran siempre, sin fisuras. Pero casi nunca es así, y de hecho no podría serlo: si personaje y persona fueran idénticos, no habría necesidad de crear personajes en primer lugar. Y esto no siempre es hipocresía. A veces es simplemente necesario para preservar la civilidad o el profesionalismo en ciertos espacios. No nos hace falta, por ejemplo, enterarnos de las fantasías más oscuras con las que se excita en privado un analista de telenovelas. Hay un pacto tácito de que ciertas cosas se quedan del otro lado de la cámara.
Lo que le sucedió a Pedro Sola es una mezcla de estupidez momentánea y vejez consumada -conste que dije vejez, no edad, porque no es lo mismo-. Por un lado, es claro que el señor Sola es suficientemente inteligente como para haber cuidado su imagen a lo largo de 30 y tantos años. Durante ese tiempo, ni ahuyentó patrocinadores ni lo corrieron de su programa. Perder todo por un comentario que debió guardarse hasta que se apagaran las cámaras es totalmente "out of character" para el viejito chismoso que todos conocíamos.
Su disculpa campechana -que resultó ineficaz- revela que seguía sin entender la gravedad de sus dichos. No comprendía por qué todo el mundo estaba haciendo tanto drama por lo que él consideraba una payasada en lenguaje figurado. Esa incomprensión es la clave de todo el asunto. Eso no es edad, sino vejez, porque la primera es simple acumulación de años, mientras que la segunda es la constatación de que el mundo en el que vives ya no es el tuyo. Te han rebasado sus normas sociales y su clima cultural, y por eso ya no lo entiendes. Por eso el viejo se va quedando solo: su entorno se vuelve cada vez más irracional e incomprensible a sus ojos, y él, a su vez, se vuelve incomprensible para su entorno.
Esto nos pasará a todos -no necesariamente con el tema de los animales, que resulta repugnante siquiera imaginarlo en el corazón de alguien-, pero sí con alguna otra cosa que siempre nos había parecido inocua, aceptable, hasta graciosa, y que un día, sin previo aviso, deja de serlo. El terreno bajo nuestros pies cultural se mueve más rápido de lo que creemos, y quienes no lo notan a tiempo terminan hablando un idioma que ya nadie más habla.
Pudo haberlo previsto. Pudo haberse ahorrado esta patética caída. Y por eso existe la vida privada, y por eso existen los cerrojos en las puertas: para que el mundo y las redes sociales no vean las partes más desagradables de nuestro carácter, sean las que sean. No todos tenemos fantasías perturbadoras guardadas en un cajón, pero todos tenemos algo -un pensamiento, un chiste, un prejuicio heredado- que no resistiría la luz pública. La diferencia entre quienes sobreviven y quienes caen no es la pureza del alma, sino la disciplina de saber qué se dice y dónde.

Pedro Sola merece lo que le está pasando, no se confundan. Treinta años de cámara encendida deberían haberle enseñado, si no la virtud, al menos el cálculo. Pero algo podemos aprender de su caída: que la vejez no es solo un asunto del cuerpo, sino de la brújula moral y cultural que dejamos de actualizar. Y que, tarde o temprano, a todos nos llegará el momento de descubrir que el mundo cambió las reglas sin avisarnos. La pregunta no es si nos va a pasar, sino si para entonces habremos aprendido a callarnos a tiempo.


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