La elegancia y la sencillez no son fortuitos, sino producto de la madurez en el desarrollo del gusto, que entiende perfectamente que los detalles no necesariamente implican ostentación, y menos aún estruendosidad. La elegancia es simple, y en su discreción evidencia siglos de desarrollo cultural que ha estudiado perfectamente cada rasgo de su composición; no necesita más que manifestar con discreción su presencia, y como un suave trazo en el lienzo, despertar la mirada que, captada por la suavidad del recorrido, es una caricia al alma, un acorde perfumado que se impregna como el sonido del té cayendo vaporoso en la blanca taza de porcelana traslucida, en lo que el sol traspasa las servilletas de lino y la limpieza irradia pulcritud.
Como el cochambre embarrado en el cazo de carnitas, la iztapalapización vulgar que la estruendosidad cumbianchera de Clara Brugada se pinta de morado chillón, color que hiede zafiedad, improvisación, derroche estúpido y desconocimiento estético. La jefa de gobierno capitalino expone como nadie una especie de barniz barato, con incrustaciones de "brillantitos plastificados", como las que se escurren en esa uñas espeluznantes dignas de un aquelarre, o esas repugnantes lonas con las que sus amados aliados, los ambulantes, embarran centenarias fachadas a las que sin piedad roen exactamente de la misma forma que brugada va “brugando” la Ciudad de los Palacios, sin respetar un solo centímetro de nuestra historia.
"Brugar" es sinónimo de vulgaridad, su color es morado chillón y su víctima nuestro pobre ajolote (…). La especie endémica de los milenarios canales que otrora fueron el orgullo capitalino hoy encarna a esa especie de botarga bailando al ritmo de una banda de altisonantes alientos y metales, cuya letra expone la vida de alguno de esos afamados capos con que el gobierno estadounidense anda escarbando entre toneladas de pintura, que es como el tul de poliéster con el que esa señora opaca a la muy gloriosa ciudad mexicana.
“Brugar” son las dunas inmundas de platos de unicel con que la Alameda capitalina ha sustituido las rosas que de Inglaterra trajera la emperatriz Carlota. “Brugar” es embarrar con materia orgánica las estatuas de los emperadores mexicas en la esquina del Museo del Ejército. “Brugar” es llenar de ambulantes el Paseo de la Reforma, o la Plaza de la Solidaridad, o la Plaza Fray Pedro de Gante como venganza ante la pérdida electoral de la alcaldía de Cuauhtémoc ya hace unos años, y saturar de aguas frescas nuestras banquetas, producto de la mezcla del caño con extraños saborizantes dejados a la imaginación del exquisito vendedor. “Brugar” es un segundo piso inútil como el que la izquierda obradorista boicoteó, cuando intentaron construir en Avenida Chapultepec: “No son lo mismo, sino todo lo contrario”, dirán.
“Brugar” es olor a cañería; a contaminante; a sensación de crema chantilly seca, con grietas que evocan socavones y pintura barata, o los desarreglos en un sistema de metro que se desbarata como ese maquillaje pirata con que intentan adornar a nuestra ciudad colapsada de problemas. “Brugar” es lo opuesto al gusto; al refinamiento; a la elegancia e historia que prontamente superará a esa pandilla de delincuentes, a sus mafias de ambulantes con sus cobros de piso y a ese color inmundo con el que pretenden impactar en el imaginario de un mundo que sabe bien que nuestra tierra tierra toda se encuentra muy, pero muy lastimada: “Porque “brugar” es al fin, una indolencia”.