Mi abuelo Jesús María Alvarez García, sembraba su maíz criollo en las parcelas que había recibido mediante aquéllos “repartos de tierras” que realizara el General Lázaro Cárdenas del Río, presidente de la República entre 1934 y 1940. Cuando distribuyó más de 20 millones de hectáreas a un millón de campesinos con el objetivo de combatir la pobreza rural y restructurar el antiguo modelo de latifundio. 20 hectáreas a cada campesino que servirían para producir alimentos de autoconsumo.
La sabiduría milenaria que había heredado mi abuelo la aplicaba con aquel modelo de agricultura tradicional con una “yunta de bueyes” que jalaban el arado de madera, que constituían la infraestructura para sembrar y producir entre otros, el maíz criollo, frijol y calabaza. Combinación conocida como la “triada mesoamericana o “las tres hermanas”. También sembraba alternadamente jitomate, chiles, camote y jícama, El quelite, las verdolagas y otras mal llamadas “hierbas malas” se daban en el espacio que mantenía entre surco y surco de maíz, precisamente para que el frijol, la calabaza y a veces el jitomate pudieran producirse simultáneamente. El secreto es la rotación de cultivos. Dándole al suelo la oportunidad de balancear sus nutrientes. Lo más importante era que las excretas de todos los animales de mi abuelo (8 mulas, dos vacas lecheras, 4 cerdos y unas 15 gallinas “ponedoras”) se tenían que agregar (diría yo, regresar) al suelo agrícola de manera permanente. Es la mejor fuente de nitrógeno, denominada “abono” o “estiércol”. Ahora sabemos que los microorganismos sintetizan más del 70 % del nitrógeno del aire. Recuerdo escuchar a mi abuelo platicando con sus vecinos de parcelas y hablada de “dejar descansar la tierra” un año o un ciclo agrícola. Solo “barbechaba” (aireaba) la tierra con su arado.
Aquéllos inolvidables paseos que dábamos con mis primos y tíos a las milpas de mi abuelo para comer esos jitomates, madurados en la milpa. Llevábamos unas “navajas” que no eran más que sierras afiladas y sal. Nos hartábamos de esos jitomates (dulces, jugosos e intensamente rojos, con un sabor inigualable) que hoy ya no existen. Gracias a la gigantesca degradación genética causada por decenas de venenos (plaguicidas tóxicos) que indebidamente se aplican a los campos de cultivo en México. Irresponsablemente han modificado genéticamente su sabor a todas las especies vegetales que comemos (frutas, verduras, legumbres y hortalizas).
Ya nada sabe a lo que es. Los jitomates que comemos no saben a nada y están contaminados con plaguicidas tóxicos. Comemos glifosato (herbicida tóxico, según la OMS) diariamente en las tortillas producidas con maíz transgénico. Es una desgracia seguir creyendo que la mejor opción son los fertilizantes químicos y los plaguicidas tóxicos. La FAO (Agencia de Alimentación y Agricultura de la Organización de Naciones Unidas) nos dijo que no es utilizando estas sustancias químicas sintéticas como se deben producir nuestros alimentos. No debemos seguir envenenándonos. Basta ya.
*Carlos Alvarez Flores, Presidente de México, Comunicación y Ambiente, A.C.
Experto en Gestión de Residuos y Cambio Climático
www.carlosalvarezflores.com y “X” @calvarezflores