El ajolote (Ambystoma mexicanum), ese anfibio endémico de la cuenca de México famoso por su capacidad de regeneración y su eterna apariencia larvaria, se ha convertido en la máscara perfecta para la Ciudad de México de cara al mundial de 2026. Con su sonrisa permanente, el gobierno capitalino ha construido una marca ciudad en torno a este tierno ser para sugerir una capacidad de renovación constante, saturando el paisaje con ajolotes rosas con penacho que patean un balón.
Bajo la frase “La pelota vuelve a casa”, la administración capitalina vende la narrativa de hospitalidad y orgullo nacional, buscando dar la mejor cara de nuestra ciudad, pero a la vez, omite decir que la bienvenida es a costa de todos los habitantes. Mientras la ciudad se remodela a marchas forzadas y se llena de ajolotes vestidos de verde, blanco y rojo, la “casa” ha olvidado las necesidades básicas de la ciudadanía.
Entre los cambios que vive la ciudad con miras al mundial, se encuentran las modificaciones a la infraestructura urbana. La línea 2 del metro junto con el tren ligero que llevan al estadio Banorte, son los espacios que más cambios han experimentado para brindar un mejor servicio. El problema, es que estas modificaciones son estéticas, no de fondo. Muchos usuarios denuncian que las mejoras se limitan a pintura y señalética mientras que las escaleras eléctricas y elevadores permanecen inservibles.
Las estaciones se encuentran en medio de polvo, penumbra y escombros, como escenario de “Silent Hill”, pero eso sí, ya se observan en varias de ellas los coloridos ajolotes mundialistas. Esta misma situación ocurre en la Calzada de Tlalpan, donde la construcción de una ciclovía afectó la movilidad y a trabajadoras sexuales que denunciaron que la obra busca invisibilizarlas y desplazarlas de su lugar histórico para no “afear” la vista de los turistas.
Otro cambio ha sido la construcción de la calzada flotante sobre Tlalpan. Esta calzada pretende ser un nuevo parque y corredor peatonal y ciclista que recorra de la plaza Tlaxcoaque al metro Chabacano.
Esta obra, además de las afectaciones viales que generó, también significó un daño a la escasa infraestructura que existía en la zona, pues implicó la demolición de un skatepark, que se encontraba en la zona desde 2017 y que ahora, por tiempos mundialistas, ha dejado de existir.
Finalmente, el sacrificio de la cotidianidad educativa cierra el ciclo de estos cambios. En días pasados el Secretario de Educación anunció que, por el excesivo calor que vive el país y los tiempos mundialistas, se modificaría el calendario escolar para terminar las clases prematuramente. Esta situación molestó a padres de familia y docentes que apelan que en otros momentos se ha vivido más calor y no se han suspendido las clases.
Lo cierto es que este adelanto del fin de clases responde no una cuestión de cuidado, sino a una estrategia para esconder el caos vial y la saturación humana ante el visitante extranjero, tal como la invitación de la Jefa de Gobierno de que durante el periodo mundialista se busque trabajar a distancia.
Mientras todo esto ocurre, los ajolotes siguen llenando postes, muros y también calles, porque ahora se han dibujado murales de ellos en varías vías principales de la ciudad, sin importar si con ello se violan las leyes sobre la infraestructura urbana.
El Mundial 2026 en la Ciudad de México parece ser un proceso donde el derecho a la ciudad es suspendido en favor de una celebración ajena. El ajolote seguirá sonriendo desde los postes y calles, recordándonos que en esta capital la regeneración es solo un cambio de piel que deja intactas las grietas estructurales del fondo.