Sembrar ciencia para cosechar el futuro
Durante décadas educamos a niñas, niños y jóvenes para integrarse a una economía que hoy comienza a desaparecer. Les enseñamos a memorizar respuestas para un mundo que ahora exige formular nuevas preguntas. Mientras la inteligencia artificial, la biotecnología y la crisis climática transforman nuestra forma de producir, alimentarnos y cuidar la salud, los sistemas educativos continúan preparando profesionistas para estructuras laborales del pasado.
Uno de los grandes retos del siglo XXI será transitar hacia la bioeconomía: un modelo que utiliza responsablemente los recursos biológicos, el conocimiento científico y la innovación tecnológica para generar alimentos, medicamentos, energía, materiales y procesos productivos más sostenibles.
No se trata solamente de fabricar biocombustibles o sustituir el plástico por materiales biodegradables. La bioeconomía comprende campos tan diversos como la genética, la biomedicina, la agricultura regenerativa, la producción de proteínas alternativas, el aprovechamiento de residuos orgánicos, la restauración de ecosistemas y la creación de nuevos medicamentos.
La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos estima que la bioeconomía mundial tiene actualmente un valor de entre cuatro y cinco billones de dólares y podría alcanzar los treinta billones hacia 2050. Sin embargo, su crecimiento también plantea enormes desafíos.
El primero consiste en garantizar que el aprovechamiento económico de la biodiversidad no se convierta en una nueva forma de explotación de la naturaleza. No todo lo biológico es necesariamente sostenible. Extraer recursos naturales sin respetar los límites de los ecosistemas únicamente cambiaría el nombre del problema.
El segundo reto es ético. La edición genética, la biología sintética y el uso masivo de información biomédica abren posibilidades extraordinarias, pero también preguntas difíciles: ¿quién será propietario de los datos genéticos?, ¿hasta dónde debe permitirse modificar organismos vivos?, ¿cómo evitar que los avances científicos profundicen las desigualdades?
Un tercer desafío será impedir que el conocimiento y las patentes se concentren en unos cuantos países y empresas. La OCDE advierte que las economías que la integran generaron 87% de las patentes biotecnológicas registradas entre 2011 y 2020. Esta concentración demuestra que la biodiversidad, por sí sola, no produce desarrollo. Se requieren universidades, laboratorios, inversión, certeza regulatoria y capacidad para transformar una investigación en una solución útil.
México posee una riqueza biológica privilegiada y una extensa tradición de conocimientos agrícolas, medicinales y comunitarios. No obstante, corremos el riesgo de permanecer como proveedores de materias primas mientras otros países convierten nuestros recursos y saberes en tecnología, propiedad intelectual y riqueza.
Por ello, las carreras del futuro deberán incorporar la bioeconomía de manera transversal. Necesitaremos especialistas en bioinformática, ingeniería genética, ciencias ambientales, biomanufactura, agricultura de precisión, economía circular y legislación biotecnológica. Pero también abogados capaces de comprender la propiedad genética; economistas que valoren los servicios ambientales; médicos familiarizados con tratamientos personalizados, y administradores preparados para desarrollar empresas sostenibles.
No basta con abrir nuevas licenciaturas. La transformación debe comenzar desde el jardín de niños.
Instaurar semilleros científicos desde la primera infancia no significa llenar los salones de fórmulas ni pretender que cada niño se convierta en investigador. Significa conservar algo que la niñez posee naturalmente: la curiosidad. Observar cómo germina una semilla, preguntar por qué cambia el clima, clasificar hojas, cuidar un pequeño huerto o descubrir qué sucede con los residuos son experiencias sencillas que enseñan a observar, comparar, experimentar y formular hipótesis.
La UNESCO sostiene que las competencias científicas pueden desarrollarse desde la educación inicial. Existen experiencias internacionales que acercan la ciencia a niñas y niños de entre tres y diez años mediante la exploración, el juego y la investigación guiada. La finalidad no es adelantar contenidos universitarios, sino formar pensamiento crítico.
México necesita una política nacional de semilleros científicos que capacite a docentes, vincule las escuelas con universidades y centros de investigación, establezca huertos y pequeños laboratorios escolares y garantice la participación igualitaria de las niñas. Cada comunidad podría investigar problemas de su propio entorno: el agua, los alimentos, la contaminación, la biodiversidad o el aprovechamiento de residuos.
La ciencia no debe presentarse como una asignatura distante, sino como una herramienta para comprender y transformar la realidad.
Las naciones que liderarán la bioeconomía no serán únicamente las que posean más recursos naturales, sino aquellas que formen personas capaces de estudiarlos, protegerlos y convertir el conocimiento en bienestar colectivo.
Si deseamos cosechar innovación, soberanía tecnológica y desarrollo sostenible, debemos comenzar por sembrar curiosidad. Y esa siembra debe iniciar desde la infancia.