Hay reputaciones que se ganan a pulso, por ello, las aseguradoras, los hospitales privados, los bancos, las boleteras y otros prestadores de servicios financieros o comerciales han acumulado, a lo largo de los años, una fama poco halagüeña entre las personas usuarias. No son pocos los casos en los que han abusado de la confianza de los clientes -yo mismo lo he vivido-, y esa acumulación de agravios ha dejado una huella indeleble en la percepción social.
El eco de esa reputación ha llegado incluso al ámbito judicial, particularmente a la justicia de amparo. Los tribunales federales, y en ocasiones la propia Suprema Corte, reproducen sin advertirlo la idea de que hay sectores que, por su condición o poder, merecen menor presunción de buena fe. Cuando una persona juzgadora escucha: “aseguradora contra persona asegurada”, “hospital contra paciente” o “banco contra cuentahabiente”, algo en su interior se mueve, y la empatía natural con la parte considerada débil se adelantaal razonamiento jurídico; entonces, la justicia que debía comenzar en equilibrio, se contamina de sospecha.
Paradójicamente, la propia Suprema Corte de Justicia ha advertido sobre los peligros de ese sesgo. En su Manual sobre los efectos de los estereotipos en la impartición de justicia, define los estereotipos como:“creencias simplificadas sobre características, conductas o roles de las personas o grupos que pueden influir, de manera consciente o inconsciente, en la toma de decisiones judiciales”. Y subraya que la justicia sin estereotipos no se limita a proteger a grupos tradicionalmente vulnerables, sino que también exige evitargeneralizaciones negativas hacia cualquier actor procesal, incluso aquellos con poder económico o mala reputación social.
La imparcialidad, como enseñó John Rawls, no significa neutralidad moral, sino autonomía de juicio, esto es,la capacidad de decidir sin dejarse arrastrar por la reputación o el peso de la opinión pública. El ideal rawlsiano del “velo de la ignorancia” recuerda a cada persona juzgadora que debe razonar como si no supiera a quién beneficiará o perjudicará su decisión, precisamente para preservar la equidad de su criterio. En esalínea de pensamiento encontramos a Amartya Sen, quien ha recordado que la imparcialidad no surge de la ausencia de emoción, sino del esfuerzo por corregir el sesgo propio mediante la deliberación razonada.
En el amparo, donde se resuelven conflictos sobre violaciones a derechos fundamentales, ese deber alcanzasu máxima expresión. Si la persona juzgadora parte del supuesto de que la aseguradora “seguro no quierepagar” o que el banco “siempre abusa de la clientela”, el razonamiento se desliza del terreno del derecho al del prejuicio, y una justicia que decide así, aunque se ampare en la buena intención, deja de ser un ejerciciode imparcialidad para transformarse en un acto de creencia; de ahí que la propia Corte y los tribunales federales deban aplicar con rigor los lineamientos que ellos mismos han establecido: identificar el estereotipo, reconocer su influencia potencial y motivar expresamente por qué la sentencia descansa en los hechos del caso y no en su narrativa social.
Obiter dicta.
La justicia no puede ser de blancos o negros, sino de equidad, y la equidad solamente se alcanza mediante la valoración específica de los méritos del caso concreto. Ese es el auténtico desafío, que las personas juzgadoras se emancipen de sus prejuicios, que la toga recupere su autonomía y que el derecho vuelva a ser un espacio donde cada causa valga por sí misma, no por la reputación de quien la defiende.