Los crímenes del fanatismo nos legan horrores como estos: “Una de las muchachas -narra Douglas Smith en El Ocaso de la Aristocracia Rusa, a propósito de los asesinatos comunistas-, estudiante de quinto de primaria en el gimnasio de Yekaterinodar, fue violada repetidamente por un grupo de soldados a lo largo de doce horas. Al terminar, los hombres la amarraron a un árbol, le prendieron fuego y después, piadosamente, la mataron de un tiro (2015; p. 181)”. La horrenda narración se dió bajo un principio protegido por el gobierno bolchevique denominado “socialización de mujeres” lanzado en contra de mujeres de la nobleza.
El discurso clasista del comunismo, fundamentado por Marx, y reinterpretado por Lenin, asumen que la destrucción de la sociedad nobiliaria y la burguesía, era la única forma de desaparecer la desigualdad entre los seres humanos. Para tal fin, durante la revolución, el dictador Lenin dio su visto bueno para la destrucción de este sector de la población -unos seis millones-, no sin una horrible campaña de suplicio que no respetó a nadie, como vemos lo espantoso del crimen aquí narrado, y que sólo puede competir con los terrores provocados en el México contemporáneo con las miserias del crimen organizado, aunque muy lejos de la oficialización del delito como sí ocurriría en el gobierno soviético por el que aún y ahora todavía entre algunos miembros del sector ilustrado del país provoca sus psicópatas suspiros. Cuando un gobierno patrocina una política de destrucción de un grupo de su sociedad, se llama genocidio.
La mejor manera de transmitir el odio, es a través de la adjetivización de un sector de la población, que termina apareciendo como el objetivo malévolo de todo justiciero que en su franco amor al pueblo, ven en el odio la mejor manera de vengar sus envidias. Burzhúi era el término mediante el cual se refería el sector popular, a todo miembro educado de la sociedad, mofándose de sus características: “alude a la élite culta, como a los ricos, los intelectuales, los judíos, los alemanes… (2015; p. 108)”. Los comunistas los consideraron “animales y parásitos, lo que contribuyó a legitimar el uso de la violencia en contra de ellos (2015; p.108)”. Inventar culpables de todo, es crear el fundamento para la evasión de las responsabilidades propias, a la manera del régimen cubano que acusa al bloqueo estadounidense de su fracaso político, social y económico, que mantiene en la represión a su propia población. El “otro” como culpable, no es solamente evidencia de incapacidad, sino también de cobardía, que cobra su violencia, si esa terminología profundiza en los prejuicios de los pueblos lastimados por la miseria. Siempre desconfiemos de los que apelando a su pureza, se creen los ángeles vengadores de una supuesta causa suprema.