Hay una idea sencilla, pero difícil de practicar: la realidad no está aquí para gustarnos. Las cosas ocurren, las personas actúan, las circunstancias cambian, y muchas veces nada de eso coincide con lo que queríamos, esperábamos o considerábamos justo.
Cuando algo nos desagrada, solemos pensar que el problema es únicamente aquello que ocurrió. Pero con frecuencia agregamos una segunda capa de sufrimiento: la resistencia. No solo nos duele lo que pasó; además pensamos que no debió pasar, que no tendría que haber sido así, que la vida debería comportarse de otra manera.
El budismo ha insistido durante siglos en este punto. Buena parte del sufrimiento nace del apego y de la aversión: del deseo de que ciertas cosas permanezcan y de la necesidad de que otras desaparezcan. No se trata de volvernos indiferentes ni de fingir que todo está bien. Se trata de observar cuánto sufrimos por pelear mentalmente con algo que ya forma parte de la realidad.
La aversión, además, puede parecer una forma de defensa. Creemos que rechazar algo nos protege de ello. Pero muchas veces sucede lo contrario: aquello que odiamos termina ocupando espacio en nuestra mente, condicionando nuestras decisiones y permaneciendo con nosotros mucho después de que el hecho terminó.
Aceptar no significa aprobar. Podemos reconocer una injusticia y combatirla. Podemos aceptar que una relación terminó y, al mismo tiempo, sentir dolor. Podemos admitir que alguien nos hizo daño sin justificar su conducta. Podemos reconocer que una situación existe y decidir hacer todo lo posible por modificarla.
La diferencia está en dejar de exigir que la realidad sea distinta para poder estar en paz.
Hay cosas que podremos cambiar y otras que no. Hay decisiones que dependen de nosotros y resultados que nunca estarán completamente bajo nuestro control. Vivir desde la aversión significa mantener una lucha permanente contra todo aquello que no coincide con nuestros deseos. Y esa lucha puede terminar ocupando una parte enorme de nuestra vida.
Tal vez por eso la aceptación es menos pasiva de lo que parece. Aceptar lo que es permite ver con mayor claridad qué podemos hacer. Cuando dejamos de gastar energía negando lo ocurrido, podemos utilizarla para decidir qué sigue.
No necesitamos convertir cada experiencia desagradable en una enemiga. Podemos aprender de ella, responder a ella y, cuando sea posible, transformarla, sin permitir que el rechazo gobierne nuestra manera de vivir.
La realidad puede disgustarnos. Puede parecernos absurda, injusta o dolorosa. No tenemos obligación de celebrarla ni de encontrarle inmediatamente un sentido. A veces bastará con reconocer: esto ocurrió, no me gusta, pero es lo que hay ahora.
Desde ahí podemos actuar.
Flor de Loto: La paz no comienza cuando la realidad finalmente nos gusta, sino cuando dejamos de exigirle que nos guste.