Durante los debates de la Constitución norteamericana, Thomas Jefeferson se preguntaba: ¿Tiene una generación el derecho de imponer sus leyes a las futuras? El dilema cobra una vigencia electrizante en el brillante análisis de How Constitutions Die, un revelador trabajo del jurista Richard Albert.
Frente a la anomalía histórica de aquella Constitución, que con más de dos siglos de vida desafía la media global de supervivencia constitucional de apenas 19 años, Albert nos sumerge en una profunda indagación sobre el ciclo vital de las cartas magnas a través de tres sugerentes metáforas temporales: el reloj de sol, el reloj de arena y la granada.
El primer modelo, el reloj de sol, define el devenir de la Unión. Bajo este esquema, el tiempo corre sin detenerse; la constitución resiste embates históricos —guerras civiles, depresiones y asaltos democráticos— girando perpetuamente sobre su propio eje, sin que las élites contemplen jamás desecharla y empezar de cero.
El segundo, el reloj de arena, representa un orden metódico y preprogramado: la constitución se dota de mecanismos de consulta obligatoria, como ocurre en Micronesia, Palaos o en catorce estados de EE. UU., para que la ciudadanía decida de forma rutinaria si es momento de girar el reloj y renovar sus bases.
Finalmente, el modelo de la granada impera en la mayor parte del planeta: ante crisis extremas, los reformadores dinamitan el orden anterior, con frecuencia mediante rupturas procedimentales ilegales, para erigir una nueva legitimidad desde los escombros, tal como ilustran los casos de Colombia en 1991 o el nacimiento de la Quinta República francesa en 1958.
Lejos de celebrar la eternidad del reloj de sol norteamericano como una bendición absoluta, Albert advierte sobre el peligro de una "muerte viviente" para la carta magna. Al sacralizar el texto original, el mecanismo formal de reforma se atrofia por desuso. Esta rigidez desplaza la evolución constitucional hacia canales informales controlados por jueces y élites, privando a la ciudadanía de una deliberación democrática directa y transparente.
Como remedio para inyectar savia democrática sin detonar el sistema, Albert propone una audaz vía “subconstitucional”: utilizar el censo decenal para consultar de manera periódica a los ciudadanos sobre su parecer de la Constitución. Al fin y al cabo, nos recuerda con ironía el autor, la propia Constitución estadounidense nació de una granada. En Filadelfia, los Padres Fundadores violaron las reglas de enmienda de los Artículos de la Confederación para imponer un nuevo pacto social.
Con una prosa ágil y de pulso periodístico, Albert entrega un aporte indispensable para comprender que una constitución no debe ser mirada con una "reverencia santurrona" como si fuera un objeto sagrado e intocable. En última instancia, la salud de una república no se mide por la inmutabilidad de su pergamino, sino por la capacidad soberana de su pueblo para reclamar las riendas de su propio destino.
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