Los que nacimos alrededor de los años sesenta ya nos estamos haciendo mayores. Decirlo puede provocar cierta nostalgia, pero también debería llenarnos de asombro. Nos tocó vivir una época difícil de comparar con cualquier otra de la historia. En apenas seis décadas vimos transformarse radicalmente la manera de comunicarnos, trabajar, viajar, divertirnos, informarnos y relacionarnos. Somos una generación que prácticamente ha tenido que aprender a vivir varias veces en un mundo diferente.
Crecimos escuchando música en discos de vinilo. Había que colocar la aguja con cuidado y esperar para escuchar nuestra canción favorita. Después llegaron los casetes, los discos compactos, los archivos digitales y finalmente plataformas como Spotify, donde hoy podemos tener millones de canciones disponibles en segundos. Pasamos de una televisión en blanco y negro, enorme, pesada y llena de bulbos, a llevar en las manos una pequeña pantalla desde la que podemos ver una película producida al otro lado del mundo.
También conocimos una época en la que hacer una llamada telefónica de larga distancia era costoso y había que hablar rápido. Hoy podemos realizar una videollamada desde prácticamente cualquier lugar y conversar durante horas con alguien que se encuentra a miles de kilómetros. Las cartas tardaban días o semanas en llegar. Ahora un mensaje cruza el planeta en segundos.
Cuando éramos niños, la conquista del espacio parecía una historia de ciencia ficción. Los primeros viajes espaciales despertaban la imaginación de millones de personas y cada misión era seguida como un acontecimiento extraordinario. Hoy miles de satélites orbitan sobre nuestras cabezas, existen estaciones espaciales habitadas y empresas privadas construyen cohetes con la intención de llevar seres humanos cada vez más lejos.
Pero quizá ninguno de esos cambios nos preparó completamente para lo que estamos viviendo ahora.
La inteligencia artificial está comenzando a transformar nuevamente nuestra forma de trabajar, producir, aprender y crear. Por primera vez tenemos máquinas capaces de conversar con nosotros, analizar enormes cantidades de información, generar imágenes, escribir programas, apoyar investigaciones científicas y resolver en segundos problemas que antes requerían horas o días de trabajo.
Y nuevamente nuestra generación está ahí.
Nos ha tocado aprender computación cuando las computadoras apenas comenzaban a llegar a las oficinas. Después tuvimos que entender Internet, el correo electrónico, los teléfonos celulares, las redes sociales, los teléfonos inteligentes, la nube y ahora la inteligencia artificial. Cada cierto tiempo el mundo parece decirnos que debemos aprender otra vez cómo funciona todo.
No siempre ha sido sencillo. La velocidad del cambio tecnológico puede resultar abrumadora. Apenas terminamos de acostumbrarnos a una herramienta cuando aparece otra que modifica nuevamente las reglas. Para las nuevas generaciones muchas de estas tecnologías son naturales porque nacieron rodeadas de ellas. Nosotros tuvimos que aprenderlas sobre la marcha.
Pero existe algo que a veces olvidamos. No solamente fuimos espectadores de esta transformación. Nuestra generación también participó en su construcción.
Ingenieros, científicos, empresarios, médicos, maestros, técnicos, investigadores y trabajadores de nuestra época ayudaron a desarrollar, adoptar y perfeccionar muchas de las tecnologías que hoy forman parte de la vida cotidiana. Vimos desaparecer industrias enteras y surgir otras que nadie imaginaba. Vimos profesiones transformarse, empresas gigantes desaparecer y pequeños proyectos convertirse en compañías globales.
También comprobamos que el progreso tecnológico no significa necesariamente progreso humano. Hemos avanzado enormemente en comunicaciones, medicina, transporte, ciencia y acceso a la información, pero seguimos enfrentando pobreza, desigualdad, guerras, violencia y deterioro ambiental. Tenemos máquinas cada vez más inteligentes, pero eso no garantiza que como sociedad siempre tomemos decisiones más inteligentes.
Tal vez esa sea una de las grandes preguntas de nuestro tiempo.
La inteligencia artificial, la robótica, la biotecnología, la computación cuántica y la exploración espacial podrían llevarnos durante las próximas décadas a lugares que hoy apenas podemos imaginar. Quienes nacimos hace seis décadas probablemente veremos cambios todavía más sorprendentes que muchos de los que ya presenciamos.
¿Hasta dónde llegará la humanidad?
Creo que nadie puede responderlo con certeza. Lo único seguro es que la velocidad del cambio seguirá aumentando y que tendremos que continuar aprendiendo y adaptándonos.
No sabemos cuál será el siguiente gran salto. Pero después de todo lo que nos ha tocado vivir, quizá todavía conservamos algo muy importante: la capacidad de sorprendernos.
Octygeek / Alejandro del Valle Tokunhaga