El denominado “Pueblo” fue el factor real de poder del fascismo, fundamentalmente a través de las organizaciones sindicales, de esas que plagiando una institución que normalmente vinculan a la organización obrera de tendencia marxista (sindicatos), pasando por alto que las extremas derechas igualmente han encontrado en ese grupo dispuesto a todo en pos de obtener beneficios contradictorios directamente con el discurso que plagian, pariendo una extorsión perfecta, basada en los prejuicios clasistas de nuestras hipócritas sociedades: “si es el pobre el que habla, es justo”, como si la moralidad de las personas, su veracidad o su decencia, dependiera del sector social donde nació. Sonará a obviedad, pero el manto victimista que iguala a la pobreza con la bondad ha tenido tanto efecto que, entre otras cosas, le permitió al fascismo y demás totalitarismos, llegar a convertirse en esa banda de saqueadores y asesinos que aterrorizó al mundo antes y duranta la Segunda Guerra Mundial.
A pesar de la hipócrita estigmatización de élites de derecha como cabezas del movimiento, la historia truqueada del fascismo se devalúa por sí sola pues… sin el pueblo unido para jamás ser vencido -para empezar, por sus delitos-, los líderes tiránicos del siglo veinte jamás habrían existido. Así como la mezcla de cemento con sus respectivos ladrillos une a los diversos componentes de una pared, la mezcla que unió al pueblo con el tirano para cometer atrocidades fue el resentimiento llevado a su más perfecta consumación, y ese resentimiento fue siempre dirigido hacia algo que sirvió de chivo expiatorio para excretar sus más profundas aversiones: sean nobles, clérigos, burgueses, opositores políticos, contrarrevolucionarios, caricaturistas y cuanto ente identificado estúpidamente como el culpable de su decrepitud, el pueblo con su santón tiránico, se convirtieron no sólo en puritano santurrón, sino también, en miserable celador y peor aún, en los fieles soldados de la verdad.
El pueblo unido por sus frustraciones, concretado el delito, lo denominan “justicia”, y es el gorro frigio con el que el déspota venido a más se consagra como padre de la patria y verdugo único de la nación, pues al ser ungido por su horda, goza del aplauso fanático de todo crédulo que proclama que “por fin alguien les ha hecho justicia”. Confunden venganza con justicia, pues esta última no se hace fundada en personales creencias o a partir del “programa beatífico de iluminado alguno”, sino porque la justicia, hecha ley –“la ley sí es la ley”- siguiendo un camino exclusivamente procedimental, persigue una falta racionalmente establecida no para saciar la venganza, sino para refrendar el principio validado por una sociedad conjunta en pos de la más absoluta, común y reciproca convivencia.
No se entendería el fascismo sin las “fachos”, esto es, las huestes armadas de trabajadores sindicalizados conocidos como “camisas negras”, esas bestias oportunistas parapetadas en su supuesta “causa justa popular” para cazar opositores e imponer a su padrote, “el Duce” Mussolini, al frente de un gobierno autoritario que, como su émulo aventajado: Aldolf Hitler en Alemania, con sus “camisas pardas”, con escuadrones de asesinos como aquellos de las “SA”, se autonombraban “pueblo armado” que actuaron bajo el mote de “socialistas”: “Partido Nacional Socialista Obrero Alemán”, no suena mucho a “derecha elitista confesional” y, como dirá Hannah Arendt en sus “Orígenes del Totalitarismo”: “Si en alguien confiaba Hitler, era en Stalin”, quien, cuando inició la invasión alemana a la URSS, por dos semanas el sádico georgiano quedó absorto porque no podía creer que su gran amor lo hubiera traicionado.