Hay fechas que forman parte del calendario y hay otras que forman parte de la conciencia de un país, el 2 de octubre pertenece a esta última, porque hablar de 1968 no significa únicamente recordar un episodio doloroso de nuestra historia, significa reconocer las voces de una generación de jóvenes que se atrevió a exigir libertades, democracia, diálogo y un México en el que pensar diferente no fuera motivo de persecución.
Han pasado 58 años desde aquella tarde en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, pero su memoria continúa presente en las universidades, en las calles, en las familias y en cada generación que ha hecho suya aquella frase que México convirtió en un compromiso colectivo: “2 de octubre no se olvida”. No se olvida porque un país que desconoce su historia corre el riesgo de repetir sus errores y porque recordar también es una forma de hacer justicia.
El movimiento de 1968 trascendió a las y los estudiantes, pues a sus demandas se sumaron profesores, trabajadores, madres y padres de familia, intelectuales y distintos sectores de la sociedad que reclamaban mayores libertades; la respuesta del Estado culminó aquel 2 de octubre con graves violaciones a los derechos humanos en Tlatelolco, dejando una herida que transformó para siempre la vida pública de nuestro país.
Por eso resulta profundamente significativo que el 2 de octubre de 2024, como uno de los primeros actos del gobierno encabezado por la primera mujer Presidenta de México, la doctora Claudia Sheinbaum Pardo, se publicara el acuerdo mediante el cual el Estado mexicano reconoció políticamente los actos de violencia gubernamental perpetrados el 2 de octubre de 1968, ofreció una disculpa pública y asumió el compromiso de garantizar la no repetición, reconocer desde el Estado lo ocurrido representa también asumir que nunca más la fuerza pública debe utilizarse para silenciar las demandas de la sociedad.
La mejor manera de honrar a aquella generación es preguntarnos qué estamos haciendo hoy por nuestras juventudes, porque los jóvenes de nuestro tiempo también tienen inquietudes, causas, sueños y una visión propia del país que desean construir y nuestra responsabilidad es escucharlos, garantizarles educación y oportunidades, abrir espacios para su participación y, sobre todo, respetar su derecho a expresarse y a disentir.
Esta historia tiene un significado especial para quienes venimos del corazón de la Ciudad de México, yo vengo de Tepito y represento con orgullo a las mujeres, hombres, y familias de la Cuauhtémoc, una tierra de barrios, mercados, vecindades, estudiantes y trabajadores que todos los días defienden su derecho a salir adelante; en nuestras calles sabemos que la memoria no pertenece únicamente a los libros, porque también vive en las historias que pasan de generación en generación y en la voz de quienes nunca han dejado de exigir respeto y dignidad.
La Cuauhtémoc también es territorio de memoria y Tlatelolco forma parte de nuestra historia, nos recuerda que cerca de nuestros barrios ocurrieron acontecimientos que marcaron para siempre a México, desde Tepito hasta Tlatelolco, desde nuestras plazas hasta nuestros mercados y vecindades, existe una identidad construida por generaciones que han sabido organizarse, enfrentar las adversidades y levantar la voz cuando ha sido necesario.
Tepito me ha enseñado que la voz del barrio merece ser escuchada con el mismo respeto que cualquier otra voz, que la dignidad no depende del código postal y que representar al pueblo significa caminar sus calles, conocer sus problemas y escuchar directamente a su gente, la democracia se construye desde el territorio, desde la comunidad y desde el respeto a quienes piensan diferente.
Recordar el 2 de octubre es mirar al pasado, pero también comprometernos con el presente, que Tlatelolco siga siendo memoria, pero también aprendizaje, mientras México recuerde a sus jóvenes, mientras escuche sus voces y mientras defienda sus libertades, aquella generación seguirá caminando con nosotros.
María Rosete