Los peores pecados del liberalismo los estamos pagando. La doctrina liberal nace en Inglaterra durante y como fundamento de la sociedad burguesa, consolidada tras la primera revolución industrial. Sus principios materialistas, inclinados a construir una sociedad generadora de riqueza económica, en donde el progreso se consolidara, y la vida de las personas se beneficiara con los usufructos de un mundo ya no atado al pasado glorioso, sino dispuesta a un futuro lleno de oportunidades, donde el nacimiento no determinara los bienes de la vida.
Opuesta a la sociedad estamentaria, al poder absoluto y clerical, futura patrocinadora de la Enciclopedia, sin embargo, cargará consigo sus propios demonios, y eso lo encabezará su desprecio hacia las disciplinas que desde una perspectiva radical, no contribuyan -aparentemente- al tan deseado progreso material.
El desprecio hacia las humanidades es tan mitológico como su propensión a las disciplinas económico-administrativas o las ingenierías. Si bien, en sus orígenes, la burguesía ilustrada, reconoció el valor humanístico, el liberalismo positivista, y no se diga el neoliberal, fundaron toda una narrativa degradante de las humanidades y las artes al grado de condenarlas al baúl de las cosas viejas, y a sus cultivadores, en entidades ilegibles para un mundo técnico cuyo valor solamente se remite al materialismo utilitario.
Generaciones han crecido despreciando -o desconociendo definitivamente-, a las humanidades. Aún y siendo egresados de universidades que deben de ofrecer un equilibrio entre la aplicación de la técnica, y la reflexión crítica que solamente ofrece el humanismo. Es común conocer universitarios con un acervo libresco mediocre o inexistente, despectivo completamente con la reflexión, que comprende en la universidad no un bien en sí de conocimiento universal, sino una simple agencia de empleo donde basta la adquisición bulímica de algunas técnicas para mantenerse en un empleo que les permita saciar sus gustos biológicos, sin pensar mucho en algo más que en una bruta inmediatez.
Que el liberalismo contribuyera a engendrar el huevesillo del conformismo material, sin quererlo, terminó por apadrinar la mendicidad de un pueblo indigno en su mayoría de llamarse ciudadano. El ciudadano reflexiona, juzga, tiene capacidad para contener un acervo intelectual que no lo haga el fácil siervo del demagogo, sino su más acérrimo opositor. Los ciudadanos necesitan de las humanidades o no son.
Programas de estudio encaminados a tecnificar a la sociedad durante años, no es necesariamente lo criticable, lo que sí ha sido criminal, fue el pauperizar a la educación, derrumbando la larga herencia crítica que protege a los gruesos sociales, de ser mansas criaturas carentes de referentes, insensibles a la cultura y hasta despectivas con todo lo que sería la fortaleza de las sociedades en contra de la vileza de los tiranos, ante los que se han rendido con una vileza y pasividad escalofriantes.