Propio de la ciencia moderna, es su composición a partir de nociones hipotéticas, cuya arquitectura lógica y procedimientos, le confieren a esta una estructura capaz de ser discutida en el ambiente especializado de su ámbito. Hablamos no de la posesión de “verdad” de la noción, sino de “corrección”, esto es, una estructura metodológica adecuada, en permanente confrontación. La verdad, en su sola noción, abarca un absoluto al que la ciencia moderna renunció en sus inicios.
Los universitarios aprendemos en las aulas un montón de teorías propias de nuestras respectivas áreas de estudio, se nos enseña a comprenderlas, utilizarlas y, en el mejor de los casos, a validar o negar críticamente sus alcances, para no adjudicarles propiedades fuera de su alcance. Desgraciadamente, no todos los procesos de enseñanza científica son tan críticos como desde el inicio de la ciencia advirtieron sus grandes edificadores, de Galileo a Descartes, comprendiendo no sólo la característica artificial del saber, sino que, al ser un artificio, la amenaza de equivocarse será una realidad permanente que compromete al estudioso con la revisión de lo investigado.
Cuando la crítica no aparece, y entre otras, las universidades y centros de investigación faltan a su deber escéptico, no advirtiendo a los alumnos la naturaleza hipotética de la ciencia, el riesgo de tomar como verdad las nociones es un hecho, fomentando así no la generación de un personal técnico responsable, sino de dogmáticos endulzados con las teorías y de su realización al costo que fuera.
Un revolucionario marxista auténtico, por ejemplo, es expresión conclusa de un creyente en la “verdad” de sus nociones, en buena medida por la creencia marxista de que “ellos sí hablan de la verdad” siendo los únicos que a “su teoría” la confunden con “realidad”, asumiendo que lo transcurrido en la historia es producto de una permanente “lucha de clases”, que sólo acabará cuando las clases sociales dejen de existir, y es por eso que la “revolución” será el vehículo para su fin.
Al discurso teórico -el marxismo, a pesar de sus fieles, es otra teoría más en el vasto océano de la ciencia-, se le suma el apasionamiento una lectura romántica, en donde el estudioso se observa como un Aquiles construyendo su propia Ilíada, matando troyanos por doquier en nombre de la suprema causa. Nuestros grandes matones, tienden a ser sujetos ilustrados sin el dejo escéptico que exige la ciencia, sumado a su ingenuidad de los acontecimientos -pues no necesariamente nacen en los sectores que “defienden”- que observan tras el velo de un conocimiento del que presumen verdad. Los grandes defensores de los pobres y los lastimados, no siempre son un personal que concretiza su liberación, sino el que en nombre de los principios más sublimes, se creen con el derecho de destruir a todo el que no comparta su lectura a la que anticientíficamente denominan “verdad”.