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Malabarismo económico

Malabarismo económico

Columnas miércoles 11 de mayo de 2022 -

México es el país de la OCDE en el que menos ha aumentado el precio de los energéticos, y por mucho. El presidente AMLO ha demostrado que dispuesto a asumir las crisis políticas que sean hasta el final de su sexenio (incluso es capaz de provocar algunas), pero no una crisis económica que implique ni una inflación general de más del 15% ni una devaluación propiamente hablando (la depreciación es un efecto del mercado de divisas, la devaluación es una decisión gubernamental deliberada).

Sin importar las objeciones que tengamos sobre la política económica de AMLO, tanto en materia de reactivación como de contención de la inflación, hasta ahora ha funcionado, y su apuesta no es mala, porque una de las grandes injusticias del mercado es que la inflación nunca se ajusta totalmente a la baja, aunque desaparezcan las circunstancias que la detonaron, cuando se habla de bienes de demanda inelástica (como la luz, el gas y la gasolina). Cuando las personas se adaptan a pagar más por esos bienes, los proveedores mantienen esos precios para aumentar su margen de utilidad cuando las crisis objetivas se superan. No es inteligente dejar que “el mercado” defina esos precios con total abandono, no funciona.

Dicho lo anterior, la manera de abordar esta crisis, que no se esperaba al iniciar su gobierno, ha sido más ortodoxa de lo esperado, pues si bien está dándole un subsidio millonario a la gasolina, y otro a PEMEX, no lo ha hecho a costa de usar las líneas de financiamiento grandes que México tiene con el FMI, ni usando otras formas de endeudamiento a gran escala. Esto no es de sentido común, y tiene aristas geopolíticas que nos trascienden. Los europeos, por ejemplo, se pusieron en la estúpida situación de depender absolutamente de Rusia y Arabia en materia de energéticos, por un asunto de comodidad en los costos con la apertura rusa de 1991, y por un optimismo bastante imbécil sobre la estabilidad geopolítica que se vivió también durante los 90s y 2000s.

Si bien la guerra de Ucrania demostró los riesgos de que Europa dependa de Rusia para su energía, la pandemia demostró que, en general, las cadenas de suministro globales sólo son óptimas cuando el mundo se encuentra en una situación excepcional, esto es, sin conflictos multilaterales o causas de fuerza mayor que las interrumpan severamente. Y esta situación de cooperación sostenida, para la comunidad internacional, es la excepción histórica, no la regla. Es una cubetada de agua fría para que los Estados dejen de pensar como gestores y vuelvan a pensar como Estados. En materia de alimentos, la guerra sólo acentuó las políticas esquizofrénicas de acumulación de excedentes que los países productores adoptaron luego de las amenazas de la OMS respecto de que la pandemia se iba a poner cada vez peor y no iba a acabar nunca. Si bien Ucrania y Rusia son de los mayores productores de granos del mundo, la producción agrícola de otros países importantes, como EU, se vio afectada por la ausencia de fuerza de trabajo que conllevó el estímulo gubernamental por el Covid, y algunas medidas, paradójicamente, hostiles a los migrantes que constituyen buena parte de esa mano de obra. Los precios de los alimentos se irán equilibrando poco a poco, con algunos casos aislados de especulación de productos o de hiper inflación en países específicos (los que dependen de puros alimentos importados, por ejemplo).

Lo irónico es que ahora ya tiene sentido hablar de dos temas que hasta hace un lustro se tachaban de populismo trasnochado: soberanía energética y soberanía alimentaria. No es un tema de idiosincrasia bananera, sino de seguridad nacional. Quien tiene esas seguridades puede mantener más encarrilada su economía que quien no. Véanse los casos de México contra, por ejemplo, Bélgica, España o Países Bajos, que técnicamente tienen economías más desarrolladas que nosotros y no tienen dinero ni para pagar la luz, ya no digamos para tener excedentes alimentarios para sus grupos vulnerables. La economía de ladrillos reivindicó su posición en un mundo donde ya sólo contaba la de papel, la financiera. Hoy los países que sólo tienen servicios financieros, tienen muchos bancos pero no tienen verduras.


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/CR

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