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Guerra electrónica: el campo de batalla que nadie ve, pero que puede decidir una guerra

Guerra electrónica: el campo de batalla que nadie ve, pero que puede decidir una guerra

Columnas miércoles 22 de julio de 2026 -



Hoy, cuando vemos las noticias sobre los conflictos que ocurren en distintas partes del mundo, escuchamos cada vez con más frecuencia el término guerra electrónica. Para muchas personas parece un concepto complejo o reservado para especialistas militares, pero en realidad forma parte de una tecnología que está presente todos los días en nuestra vida.
Vivimos rodeados de dispositivos que dependen del espectro radioeléctrico. Los teléfonos celulares, las redes Wi-Fi, los satélites, el GPS, los radares, los drones, los controles remotos, las comunicaciones entre vehículos, los enlaces de datos e incluso muchos sistemas industriales necesitan transmitir información mediante ondas de radio. Sin esas señales, gran parte de la tecnología moderna simplemente dejaría de funcionar.
La guerra electrónica consiste precisamente en controlar ese entorno de comunicaciones. Su objetivo no siempre es destruir un equipo; muchas veces resulta mucho más efectivo impedir que funcione correctamente. Si un ejército logra bloquear las comunicaciones de su adversario, interferir el control de sus drones, engañar a sus sistemas de navegación o interceptar la información que transmiten, puede obtener una ventaja enorme sin disparar un solo proyectil.
Esta disciplina suele dividirse en tres grandes áreas. La primera es el ataque electrónico, cuyo propósito es negar o degradar el uso del espectro mediante interferencias, inhibidores o técnicas capaces de alterar el funcionamiento normal de los sistemas de comunicación. La segunda es la protección electrónica, que busca mantener operativos los propios equipos aun cuando estén siendo objeto de interferencias o intentos de ataque. La tercera corresponde al apoyo electrónico, dedicado a detectar, identificar y analizar las emisiones de radio para conocer la ubicación, capacidades e incluso las intenciones del adversario.
En los conflictos actuales, los drones son uno de los mejores ejemplos de esta realidad. Muchos de ellos dependen de enlaces de radio para recibir órdenes y transmitir video en tiempo real, además de utilizar señales de navegación por satélite para orientarse. Si cualquiera de estos enlaces es interrumpido o alterado, el dron puede perder el control, regresar automáticamente, aterrizar o incluso desviarse de su trayectoria. En algunos casos, ni siquiera es necesario destruirlo; basta con dejarlo sin capacidad para cumplir su misión.
Lo mismo ocurre con los sistemas de comunicaciones militares. Un ejército que pierde contacto entre sus unidades ve reducida su capacidad de coordinación, disminuye su velocidad de respuesta y aumenta el riesgo de cometer errores. En un escenario de combate, unos cuantos minutos sin comunicación pueden ser suficientes para cambiar el resultado de una operación.
La guerra electrónica también desempeña un papel fundamental en la protección de instalaciones estratégicas, aeropuertos, bases militares, infraestructuras críticas y eventos de alta seguridad. Detectar emisiones sospechosas, localizar equipos de comunicación no autorizados o neutralizar dispositivos que representen una amenaza se ha convertido en una tarea cotidiana para muchas organizaciones dedicadas a la defensa y la seguridad.
Con el crecimiento de las comunicaciones inalámbricas y la incorporación de miles de millones de dispositivos conectados, el espectro radioeléctrico se ha convertido en un recurso tan valioso como el espacio aéreo, el mar o la tierra. Quien logra dominarlo puede obtener información antes que su adversario, proteger mejor sus propios sistemas y limitar la capacidad de respuesta del enemigo.
Por esa razón, la guerra electrónica es considerada hoy uno de los pilares de los conflictos modernos. La superioridad ya no depende únicamente del número de soldados o de la potencia del armamento. También depende de quién puede ver primero, escuchar mejor, comunicarse sin interrupciones y negar esas mismas capacidades al adversario.
La próxima gran batalla probablemente no comenzará con una explosión. Comenzará con una señal que desaparece, una comunicación que deja de escucharse o un dron que pierde el rumbo. En un mundo donde casi toda la tecnología depende de las ondas de radio, controlar el espectro significa controlar una parte fundamental del campo de batalla. Quien domina ese espacio invisible tiene muchas más posibilidades de imponer el ritmo de la guerra antes incluso de que empiece el enfrentamiento físico.
Octygeek / Alejandro del Valle Tokunhaga



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