De ninguna manera es casualidad que los plurinominales de la oposición busquen en los golpes lo que no logran en las urnas, principalmente en el PRI, donde ven cómo se desmorona un partido que debió morir hace varios años y la manipulación informativa de los medios mantuvo con respiración artificial.
La política se creó para evitar que los cavernícolas se destruyeran y se crearon reglas claras de civilidad que acompañaba la evolución de la especie, sin embargo, hay quienes en su nostalgia por el pasado regresan al origen más elemental y salvaje de sus causas individualistas y quieren arreglar las diferencias a golpes, a sangre y fuego como en el pasado.
Es famosa la intervención del diputado plurinominal Carlos Eduardo Gutiérrez Mancilla, quien le echó montón a golpes a un senador de Morena y sus colaboradores, dando codazos y puntapiés.
Ahora llega al cuadrilátero legislativo, un senador del tricolor, que pocas veces aparece en tribuna por su dificultad para hilar palabras, llamado Mario Zamora Gastelum, quien también reta a golpes a su similar, en defensa de la indefendible Lilly Téllez. Si quiere ser mayoría o que alguien les levante la mano como si estuvieran en el ring, deben trabajar. No hay más alternativas, los golpes son un retroceso y aunque viven del pasado y de añejas victorias, no les queda otra más que vivir el presente donde no son nada ni nadie.
Los legisladores del PRI, quienes se dicen expertos en el gobierno, nunca han practicado la política, su vocación por el autoritarismo y la represión, les identifica a través de la historia y tiene en sus pugilistas una muestra de la necesidad de golpear a alguien, seguramente en privado y en silencio rinden homenaje a sus correligionarios, Gustavo Díaz Ordaz o Luis Echeverría, juzgados por la historia como asesinos del pueblo.
Si le llaman política a su forma de hacer gobierno, es suficiente escuchar un par de minutos a su líder nacional y retomar un par de líneas sobre su trayectoria para darse cuenta que tienen un líder de quinta argumentando una realidad que no existe, con alto grado de beligerancia y una sobredosis de ignorancia.
La nostalgia por el poder se volvió una obsesión por el pasado y en esta etapa retoman vejas victorias que sólo les sirvieron para mostrar su incapacidad de servir y su voracidad al servirse del poder.
Partidos como el PRI, identificados con la represión como instrumento de diálogo y el autoritarismo como ejercicio político, muestran su condicionamiento a la violencia, su mal hábito de sentirse superiores y su naturaleza destructiva.
La desesperación por verse imposibilitados a debatir porque el diálogo no los ha caracterizado a lo largo de la historia ni al PRI ni al PAN, se convierte en violencia verbal y física.