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¿A qué vamos a las ferias de arte?

¿A qué vamos a las ferias de arte?

Columnas lunes 10 de febrero de 2020 - 00:32

Para Guy Debord la vida en la sociedad moderna es una acumulación de espectáculos. Eso significa que nuestra percepción de la realidad está construida sobre una base de simulaciones. No es la realidad misma la que vivimos sino una representación de ella.
Lo que nos interesa del mundo es la presión de satisfacer nuestros deseos de felicidad, placer y entretenimiento. Para lograrlo consumimos, consumimos mucho porque las mercancías tienen la función de darnos ilusiones placenteras momentáneas. Así que nos volvemos adictos a ellas, ya sea como compradores o públicos compulsivos.
Como es sabido, en el amor, en la guerra y en la venta todo se vale. Si los precios de las obras de arte alcanzan cantidades obscenas es porque se cree que son productos sumamente especiales y únicos. Cumplen funciones que ninguna otra cosa puede lograr. O al menos esa es la creencia que tenemos.
En realidad muchas obras de arte son producidas en serie y en ocasiones sin que el autor intervenga en su creación. Muchas de ellas están construidas con materiales efímeros, algunas son tan simples y rudimentarias tanto en su forma como en su contenido que uno bien podría dudar del trabajo técnico y de investigación que se ha invertido en la creación de ciertas piezas. Aun así, pueden alcanzar precios exorbitantes.
¿Qué derecho tiene el arte para valer más que cualquier otra cosa? Ser una mercancía sumamente escasa -que no cualquiera está autorizado para hacerla- y a la que se le atribuyen significados supuestamente trascendentes. Quien logra adquirirla puede elevar su estatus de manera espectacular y es una expresión de poder.
El precio de una obra de arte contemporáneo no se mide por la calidad del trabajo invertido o por lo que nos revela de la vida, sino por el valor simbólico que tiene su autor y la casa de ventas que promueve la obra. Quien legitima si un artista puede o no contar con ese valor son los grupos económicamente poderosos. Por ello, la trascendencia de una obra de arte o el prestigio de un artista, en mucho, depende del respaldo económico que obtiene de sus compradores.
No tenemos estudios que nos informen sobre cómo se comportan los públicos que asisten a estas ferias. Sin duda una buena cantidad de personas va en calidad de observadores porque no cuentan con el dinero para comprar arte, pero a cambio ganan la ilusión de formar parte de un evento exclusivo, aunque muchas veces no se comprenda el significado de lo que se observa. Otros más, ven una oportunidad de negocio, no solo en el sentido de comprar y vender arte, sino de amarrar relaciones sociales que huelan a beneficios, ya sean materiales, simbólicos, sexuales o de otra índole. A las ferias no les interesan las personas que sienten interés por el arte, sino las personas que tienen el capital para adquirirlo. En este sentido las ferias de arte son espectáculos. Lo que se paga en el boleto de entrada es la ilusión de elevar el estatus –aunque sea momentáneamente-, tener contacto con objetos trascendentales y sobre todo el anhelo de codearse con gente “bien”. Es la forma en que simulamos un blanqueamiento de nosotros, aunque por dentro experimentemos una sensación incomoda y dolorosa por el clasismo y racismo que atraviesa la atmosfera de estos encuentros.
Pero estamos tan acostumbrados al maltrato y tenemos una sed insaciable de entretenimiento que en el fondo vamos a eso, a divertirnos. Como dijera Walter Benjamín vamos a sentir nuestra autodestrucción como goce estético.








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/CR

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