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“El amor de Dios no se da a la ligera, tienes que ganártelo”

“El amor de Dios no se da a la ligera, tienes que ganártelo”

Columnas jueves 23 de julio de 2020 - 01:08

Tomémonos una licencia, y en vez de hablar de cine esta semana, hablemos de una de las series más interesantes que se han estrenado en los últimos cinco años, ya que este año tendremos la segunda temporada de The New Pope, del director Paolo Sorrentino, a través del sistema Fox Premiere.

La primera temporada llamada The Young Pope, (El Joven Papa), nos contaba la historia de Lenny Belardo, Pío XIII, encarnado fantásticamente por Jude Law, un sacerdote que contrario a lo que pudiéramos pensar, dada su juventud y belleza física, termina siendo más ortodoxo, frío, y calculador, que cualquier otro sacerdote dentro y fuera del vaticano.

Pio XIII es un Papa, que sin inmutarse al momento de dirigirse a los fieles, les regaña sonoramente “han olvidado a Dios… no les mostraré el camino, no me merecen” y ni qué decir del discurso que le da a los cardenales adentro de la Capilla Sixtina. Cachetada tras cachetada de un “Santo” al cual no se le puede chantajear porque no tiene pecados.

El fatídico final de la primera temporada dejaba la duda sobre la continuidad de Belardo. El año pasado, en el festival de cine de Cannes, se mostraron los primeros capítulos de la segunda temporada realizada cuatro años después. Las expectativas eran muy altas.

Exceptuando a Diane Keaton, todo el elenco está de vuelta y a éste, se suma Jhon Malkovich que se pondrá en la piel de Sir. John Branox, un cardenal aristócrata que recluido en su castillo parece ser la mejor opción para continuar la dirección del Vaticano.

Sorrentino deja para sí mismo la vara muy alta, (escribe, produce y dirige), y aunque no es una mala temporada, el hecho de mantener durante casi toda la serie al personaje de Pío XIII en “resguardo”, dota a la misma de una parsimonia, a la cual, no nos tenía acostumbrados. Hay un sin número de escenas sin demasiado ritmo, que a pesar de estar bellamente filmadas se sienten huecas. El personaje de Malkovich no llega a darnos la misma fascinación que su antecesor, y aunque los secundarios llegan a estar incluso en mayor nivel que éste, no terminan por encandilar el cuadro completo.

El cine de Sorrentino siempre ha sido simbólico, preciosista, profundo y escandaloso, permite más de una lectura. Aquí mucho hay de lo anterior: monjas bailando provocativamente alrededor de una cruz de Neón, o la imagen de un Papa adolescente carente de carácter, (bien podría ser el reclamo a todo sacerdote que no es digno de serlo). Queda un poco a deber. Sorrentino lo sabe, y no por nada le da las mejores frases a Pío XIII y esos pequeños chispazos valen todo el tiempo invertido.

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/CR

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