Hace un año dediqué un artículo a hablar del “feminismo selectivo”, a propósito del maltrato a las mujeres policías a manos de otras mujeres.
Exponía que pocas causas son tan justas como la de millones de mujeres en todo el mundo por sus derechos, protección e igualdad de oportunidades y que es de celebrarse que sus legítimas demandas nunca más serán silenciadas después de más de un siglo de lucha.
Sin embargo, como en todo proceso de construcción para llevar a la práctica lo que el discurso proclama, existen vacíos, confusión o distorsiones que, dolosa o culposamente, exhiben defectos que una causa tan correcta como la feminista, deben corregirse con prontitud.
La lucha permanente de la mujer policía por ganarse el respeto al interior de sus corporaciones y en la sociedad ha sido titánica. Transitar del ámbito administrativo al de carácter operativo y ejercicio del mando, es uno de los episodios que más lecciones debería aportar no sólo a la causa feminista sino a cualquier historia que verse sobre grandes desafíos.
En el año de 1969 se creó en México el primer Cuerpo Femenino de Vigilancia y Protección, dependiente del entonces Departamento del Distrito Federal, cuyas funciones eran de información y vigilancia para el Bosque de Chapultepec. La forma en que fueron recibidas por la ciudadanía representó un parteaguas para la inclusión de la mujer en la estructura de la policía más grande del país.
Por eso, es inexplicable la saña con que algunas mujeres denigran y maltratan a otras por el solo hecho de estar uniformadas cumpliendo su deber, cuando su causa proclama respeto, seguridad e igualdad. Sería deseable que la ola feminista incluya y vele por las valientes mujeres que han decidido brindar su vida a proteger y servir.
En la víspera del Día Internacional de la Mujer es preciso recordar que en las últimas movilizaciones en honor a esta fecha hemos presenciado imágenes que no debieran repetirse esta ocasión.
Me refiero a la de grupos de supuestas feministas desahogando su ira al agredir cobardemente a mujeres policías que salen a las calles a proteger el patrimonio de la ciudad y sus habitantes.
En tiempos de guerra como la que se vive en Ucrania, en donde como señaló en un excelente artículo el pasado sábado en Excélsior la Dra. Blanca Ivonne Olvera Lezama, las mujeres juegan un rol estratégico en el rumbo de los acontecimientos y a nivel internacional han dado muestras de solidaridad -en discurso y hechos- a favor de la nación invadida por la voracidad rusa, resultaría un despropósito reincidir en la infame conducta de salir a las calles a agredir a otras mujeres en las movilizaciones del 8 de marzo.
Agredir mujeres como muestra de protesta es absurdo; es un acto cobarde y alevoso que no solamente demerita un movimiento tan necesario como el feminismo, sino que lo desdibuja para proyectarlo como una amenaza más a la seguridad pública en detrimento de las causas que enarbola.
Muchas mujeres jóvenes e incluso niñas que acudieron con entusiasmo a la marcha pasada sufrieron agresiones a manos de pseudofeministas por grabar con sus dispositivos lo que para ellas resultaba novedoso y digno de documentarse. Sé de algunas que desistieron de seguir caminando y desilusionadas volvieron a casa.
Eso no puede suceder cada 8 de marzo, en donde debiera emerger el mayor nivel de empatía con la mujer en todas sus facetas. Mi reconocimiento y gratitud anticipada a las mujeres que ahogarán sus gritos de protesta debajo del uniforme de policías.
¡Gracias, heroínas!