Últimamente la palabra crisis ha sido empleada con una soltura casi automática. Un vocablo esgrimido para nombrar lo que podría pensarse como una fractura del orden conocido. Sin embargo, me gustaría proponer que asumir una “crisis” presupone que hay un estado previo de normalidad y que ese orden ha sido alterado.
Resulta sugerente que Adam Przeworski hable de las crisis de la democracia no como ruptura única ni terminal, sino un conjunto de tensiones inherentes al orden democrático: la distancia entre expectativas y resultados, la fatiga institucional, la erosión de la confianza o la polarización en sus múltiples dimensiones. Al nombrarlas en plural, Przeworski nos recuerda que la democracia no atraviesa un solo orden que deviene crisis, sino que vive de ellas porque su vitalidad depende de enfrentar, una y otra vez, las contradicciones que la constituyen.
La visita de Adam Przeworski a México adquiere un valor simbólico y práctico, pues reactiva el debate sobre cómo defender la democracia en tiempos de erosión institucional, e invita a repensar que en un país donde las tensiones democráticas se sienten a flor de piel, su presencia funciona como un llamado a la reflexión colectiva: la defensa de la democracia no es un gesto académico, sino una tarea de conciencia pública.
En México hemos tendido a casar nuestras ideas bajo una sutil falacia de autoridad: si un teórico consagrado —como ocurrió recientemente con Luigi Ferrajoli— enuncia algo, lo asumimos como una verdad revelada sin espacio para la confrontación crítica. Por respeto a Przeworski debemos debatir con él. Su visita no exige adhesiones ni lecturas talmúdicas sino el ejercicio más noble del pensamiento: dialogar desde la contradicción donde la síntesis surja del encuentro y no de la sumisión de ideas.
Valdría la pena poner sobre la mesa tres conceptos decisivos para comprender el orden político contemporáneo: populismo, autocratización y polarización. En los últimos años estos términos han sido utilizados con ligereza desde el propio discurso de la democracia —y a menudo con carga ideológica—, no para explicar, sino para descalificar experiencias y mecanismos de gobiernos que más allá de sus imperfecciones, han mostrado legitimidad social y funcionalidad política. Discutirlos con rigor y sin prejuicios es una forma de rescatar el pensamiento democrático de su propio repertorio de etiquetas.
Honrar la visita de Adam Przeworski no implica aplaudir sin matices, sino reconocer el privilegio intelectual de escuchar a quien ha pensado la democracia con una lucidez irrepetible. Su presencia en México nos ofrece la oportunidad de confrontar nuestras certezas, revisar nuestros diagnósticos y reafirmar la vocación crítica que da sentido a la vida académica y pública. Bienvenido a México, profesor Przeworski: su obra nos recuerda que la democracia no se hereda ni se imita; se discute, se defiende y se reinventa cada día.
@CarreraBarroso