Hitler y Stalin, entre sus miles de diferencias, en buena medida definidas por las naturalezas de sus respectivos movimientos de regeneración, poseían notables similitudes: el favor popular. Todos ellos han tenido como sustento de sus atrocidades, la enorme simpatía que las multitudes les concedían, y a las que al menos en el discurso, jamás limitaron en elogios y en falsedades a su gusto.
Hitler, capitalizador brillante de las frustraciones de su sabio pueblo, donde el referente de los tratados de Versalles al término de la Primera Guerra Mundial, donde el Imperio fue obligado a pagar los costos de la guerra, ceder sus colonias y desmiltarizarse, además de quedar con el estigma de la violencia generada. La opinión pública, frustrada por la pérdida, tuvo en el líder del pueblo Adolfo Hitler a su reivindicador: el que destruiría los tratados y reharía el ejército, creando estabilidad económica.
Todo lo hizo con creces, y el pueblo, feliz con los beneficios, se entregó gustoso a las más desmesuradas obras de su señor, como denunciar, saquear y perseguir a personas de origen judío.
El amor concupiscente “pueblo”-”tirano” tienen en Stalin, el campesino acomplejado de origen georgiano, al heredero más avezado de su maestro espiritual Lenin. En nombre de la igualdad del pueblo, una vez en el poder, el sátrapa soviético, dejó su humilde estrato provinciano para residir en el palacio de los zares en el Kremlin moscovita -eso sí, solamente en un pequeño apartamento del complejo, igual que los emperadores-. Persiguió a todo aquel del que dudaba sólo por el hecho de criticarlo o manifestar alguna postura contraria.
Los juicios de Moscú son ejemplo a seguir para déspotas populares de todos los tiempos, pues en medio de un montaje ostentoso de ilegalidad y vulgaridad, las víctimas fueron denostadas, mostradas y calumniadas, para después ser asesinadas ante los aplausos de una masa enajenada inmisericorde y miserable como el líder que las apadrinaba.
Stalin construyó hospitales psiquiátricos para todos aquellos contrincantes que teniendo algún valor intelectual para beneficio de su poder, pues solamente un “enfermo” era capaz de no estar de acuerdo con los “mandatos del pueblo”, es decir la dizque “igualdad económica”, interpretada desde una dictadura ominosa que generó cerca de cincuenta millones de asesinados.
Todo en nombre del pueblo.
En nombre del pueblo -y muchas veces con la feliz participación del mismo-, se han cometido asesinatos inverosímiles, dignos precisamente de los sistemas totalitario. Los costos que le representan al amado pueblo que jamás se equivoca, normalmente se pagan con la desgracia.