Ejecutó a su hijo por el bien de la nación. El Zarevich Alexei Petrovich, hijo y heredero del Emperador de Todas las Rusias, Pedro Alexeievich Romanov, aliado con las élites opositoras al proyecto petrino de reformar el imperio, a través de un proceso occidentalizador que sacaría a Rusia del rezago feudal, planeó una conspiración para derrocar a su padre, en estrecha alianza con el gobierno del Santo Imperio hacia 1718, constituyendo un crimen de alta traición que no puede ser pasado por alto por un gobernante responsable, aunque el perpetrador sea su hijo, pues ni siquiera él vale un país completo.
Para una sociedad contemporánea, donde fácilmente el egoísmo es antepuesto al deber, hablar de los delitos de un miembro cercano, o incluso, de la propia familia, puede traducirse en una ambigüedad que termina resolviéndose a favor del consanguíneo a pesar de la talla de infamias provocadas. Todos tenemos indeseables en una familia, y hasta categorías y magnitudes de lacras, haciéndolos acreedores a todo tipo de exclusiones, que en la mayoría de los casos queda reducido al ámbito privado: “la tía chismosa a la que no se le invita a la reunión”; “el primo moroso que debe a todo el mundo y cínicamente exige inmerecidos beneficios materiales”, etc. Cuando hablamos de un gobernante, no nos encontramos en el nivel de lo íntimo, donde el pariente apestado hasta puede ser tolerado si no hay remedio. La cosa pública, en oposición a lo privado, ordena que nada esté por encima de su deber, y esto remite a cualquier forma de gobierno sin excepción, si lo que se quiere es conservar el régimen.
El Emperador ruso, para un egocentrista apático de la vida pública, prejuiciado con el sentido del deber, el monarca debe parecerle un monstruo miserable, sin considerar que las acciones del zarevich no sólo ponían en riesgo a su padre -algo, en sí, inmoral-sino a todo un gobierno. La responsabilidad del gobernante exige una medida ejemplar.
El gobernante que tolera las miserias de parientes y amigos no es juzgado privadamente, sino inmediatamente señalado por el incumplimiento de su deber, y cualquier señalamiento a tal infamia, la debe de pagar con el descrédito y la degradación de su gobierno. La posición de supremacía de un país, con el régimen que sea, debe dejar muy en claro que el perfil de un gobernante exige acciones para las que se requiere de un tipo de educación original difícil de observar en los sistemas democráticos contemporáneos, absorbidos por valores egoístas, de personas impreparadas para el ejercicio del poder.
Por preparación no incurro en la común ambigüedad de referirse a la formación estrictamente académica. No hablo de un técnico experto en manejos especializados, me refiero a eso que la tradición política siempre comprendió en una adquisición de costumbres heredadas. Una costumbre refiere a acciones repetidas en donde se promueve conscientemente un tipo de comportamiento, por ejemplo, la historia siempre fue un abrevadero educador político, pues, como Tácito señala, enseña a los gobernantes los retos de otros gobernantes con sus errores, tragedias, triunfos, etc. La historia “maestra de la vida”, “consejera de príncipes y prelados”, “desparasitante de prejuicios”.
Pedro el Grande, eliminó a la guardia protectora de una mafia anquilosada por el gobierno de su hermana mayor Sofía, que quería de sus hermanos un sometimiento indigno del poder soberano. Lo primero que hizo el Emperador, fue mandar a su hermana a un convento, destruir a todo ese grupillo de compinches parapetados en la guardia Strelsí, unos 2 200 amotinados en 1698 que amenazaba y asesinaban a quienes fuera, en especial a miembros de la casa imperial a la que tenían dominada, muchos de ellos gente honesta a la que asesinaban arrojándolos por las escaleras del gran palacio moscovita. Resulta que el peor enemigo estaba en casa, y para gobernar, los tuvo que borrar.