A millones desconcertó la violencia en el estadio Corregidora de Querétaro. Quienes hemos dedicado parte de nuestra vida al anhelo de pacificar entornos, escenas como las que dieron la vuelta al mundo nos hacen pensar que hemos retrocedido en vez de avanzar en este afán.
No es de extrañarse. Era cuestión de tiempo un hecho de esa magnitud. Y es que junto a la pasión futbolística se despliegan conductas ajenas al deporte. La subcultura de las llamadas “barras bravas”, que desplazaron a tamborazos y cánticos a “las porras”, han dejado saldo rojo en distintos puntos del planeta; son pretexto para cometer ilícitos que van desde el robo a comercios o transeúntes, secuestro de operadores de camiones, hasta lesiones y homicidio.
Pero no todo está en las barras. Los últimos años la Federación Mexicana de Futbol y la propia FIFA han intentado erradicar el grito homofóbico cada que un portero se dispone a realizar un despeje o “saque de meta”. Eso también es violencia y se ha normalizado. Triste aportación de “la afición” mexicana al mundo.
Acciones para evitar violencia en el fútbol se implementan desde hace años. Por ejemplo, es habitual observar a la policía montada afuera del estadio Azteca o Ciudad Universitaria, que entre otras cosas, impide el encuentro entre barras rivales al llegar o salir. Se necesita un gran estado de fuerza para lograr un parte “sin novedades” o saldo blanco. Aun con eso, es difícil impedir las golpizas entre seguidores de los equipos. En las inmediaciones de los estadios acontecen con frecuencia esas escenas. No nos engañemos.
Lo del Corregidora exhibió carencias en aspectos básicos para cualquier concentración multitudinaria. La cadena de responsabilidades es larga y, por lo pronto, se han cesado autoridades responsables y procesado a algunos de los intervinientes en los actos violentos. No es mal principio, pero es una pequeña reacción ante un problema mayor.
En los pasados días he escuchado muchas propuestas para evitar la violencia. Una sugiere el ingreso al estadio únicamente a simpatizantes del equipo local. Me recordó a aquello de cerrar los ductos del combustible para que no se lo roben.
Las mejores prácticas de seguridad en eventos masivos parten de un esquema preventivo en donde inteligencia y tecnología juegan el papel estelar. En el Super Bowl, por ejemplo, es posible identificar a cada asistente a través de cámaras robóticas de millones de megapixeles y se sabe con antelación a quién se vendieron las localidades. Cada vez es menos frecuente el uso de boletos de papel, sustituidos por los teléfonos inteligentes y códigos QR como medio de acceso.
En opinión de Carlos Seoane, experto en seguridad para eventos masivos: “no hay equipo de seguridad lo suficientemente grande y entrenado para contener a miles y miles de espectadores en caso de una pérdida total de control como la observada en Querétaro”. No le falta razón. La violencia, una vez generalizada, solamente puede terminarse de dos maneras: por cansancio de los rijosos o con un uso mucho mayor de fuerza -por ende más violencia- de los encargados del orden.
Reeducar a los fanáticos a partir de simbolismos como el del abrazo de los equipos a medio campo es buena pero ingenua intención. Se necesita invertir en inteligencia y seguridad. México cuenta con capacidades técnicas y recursos humanos para prevenir situaciones como la Querétaro. Es un asunto de voluntad e inversión.
No hacerlo, favorecerá una goliza de la violencia sobre el espectáculo.