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Coronavirus y una sociedad sin Dios

Coronavirus y una sociedad sin Dios

Columnas lunes 04 de mayo de 2020 - 00:23

Dicen que el demonio es terriblemente aburrido en sus métodos de engaño, y así, el primer pecado del hombre, querer ser como Dios, ocupar su lugar determinando el bien y el mal, es el mismo que hoy comete con gran arrogancia la sociedad contemporánea; sin embargo, ha bastado la microscópica realidad de un virus, para hacer que la Babel moderna se tambalee y comience a resquebrajarse sin saber cómo evitar su colapso.

La sociedad moderna, con sus avances científicos y tecnológicos, ha querido remplazar a Dios con el consumo frenético; ha querido saciar la necesidad de felicidad con su confort y placeres; ha hecho que nos olvidemos de nuestra precariedad y olvidemos que nuestra patria es el cielo, no esta tierra y esta vida que pronto se acaban. El hombre actual ya no levanta la mirada al cielo y se conforma con ver solo la tierra y sus logros, evadiendo la realidad del detrimento físico y el fin de una vida que llega después de pocos años, por más que hoy se haya prolongado su fin.

Ante una realidad como la del coronavirus, que escapa a su control, al que no ha podido dar respuesta a corto plazo metiendo en una grave crisis a todos sus sistemas, mientras encuentra una solución, confina a toda la población porque no sabe qué hacer, dosificando y prolongando así el problema. Lo poderes actuales que tanto aborrecen los dogmas hacen un discurso dogmático justificado con los sumos sacerdotes de la ciencia, pero sin consenso entre los propios expertos que se descalifican unos a los otros, mientras mantienen a la sociedad como rehén a través del uso terrorífico del miedo, pues el miedo vuelve a las personas irracionales y las paraliza, justo lo que los gobiernos necesitan para que el control social no se les vaya de las manos.

En una crisis como esta, la sociedad secularizada también ha pretendido confinar y poner en cuarentena a Dios, considerando la práctica religiosa y los sacramentos como una necedad y como una superstición, en muchos países y en algunos estados de nuestro país se ha obligado a los obispos a cerrar los templos, se ha prohibido el culto público como si fuera la fuente del contagio, se niega la asistencia de los sacerdotes a los hospitales para que los fieles reciban el consuelo de los últimos auxilios, son cremados los cuerpos sin que sus familiares los puedan ver por última vez, e incluso, se han prohibido los funerales, cancelando con todos estos excesos una de las principales libertades que es la libertad religiosa.

Con toda razón ha afirmado E John Horvat: “El problema es que permitimos que los funcionarios traten a la Iglesia como si ella no supiera nada sobre sanar cuerpos y almas. Han olvidado que la Iglesia es una madre. Ella estableció los primeros hospitales del mundo durante la Edad Media. Los fundamentos de la medicina moderna tienen sus raíces en la solicitud de la Iglesia por los enfermos. Ella manejaba a cada paciente como si fuera Cristo mismo. Por lo tanto, la Iglesia envió órdenes de sacerdotes, monjes y monjas para proporcionar atención médica gratuita a los pobres y enfermos de todo el mundo. A través de los siglos, entre peste y peste, encontramos a la Iglesia en medio de ellas, atendiendo y consolando a los infectados a pesar de los grandes peligros… Sobre todo, la Iglesia cuidaba las almas de los enfermos. Ella consoló, curó y ungió a los afligidos… En tiempos de plaga, las oraciones de comunidades enteras pueden surgir para pedirle a Dios que venga en ayuda de una sociedad pecadora que necesita su misericordia. La historia da testimonio de que estas oraciones a menudo fueron escuchadas”.

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/CR

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