Winston Churchill, con su ingenio inagotable, dijo que un político debe ser capaz de "predecir lo que va a pasar mañana, el mes próximo y el año que viene; y de explicar después por qué fue que no pasó”. Con esta frase, llena de su ironía proverbial y mordaz sentido del humor, el ex primer ministro expuso una realidad incómoda: los políticos no tienen problema alguno en transformar el engaño en una herramienta cotidiana si esto conviene a sus intereses, aunque signifique abusar de la confianza humana.
Ejemplos de este actuar los encontramos en México y el mundo, tanto en el presente como en la historia. Hace apenas unos años, se rechazaba el fracking en el país por razones de soberanía y protección ambiental. Muchos de los que hoy gobiernan apoyaron ese rechazo; sin embargo, ahora que la línea oficial ha cambiado, esos mismos personajes defienden esta práctica como si nunca la hubieran negado.
Otro caso, tan simple pero revelador de este modo de actuar. Se ventila que un alto funcionario hizo uso de recursos públicos para beneficiar con ellos a su hijo en el extranjero. Esto no es nuevo, pero cuando ocurrió en el pasado quienes antes denunciaban estos actos como abusos intolerables, hoy, siendo gobierno, los justifican no como privilegios, sino como la legitima preocupación de un padre por su hijo.
Nicolas Maquiavelo, en su obra El Principe, explica que la política no trata de cómo deberían ser las cosas, sino de cómo son en realidad. Esto requiere, a veces, realizar acciones que la moral rechazaría, pero que deben hacerse. Esto no quiere decir que la política no tenga principios ni valores, solo que tiene su propia moral la cual se aleja de los valores sociales convencionales, y se centran en la razón de Estado, dicho de otra forma, en la conservación del poder y su permanencia.
Por esta razón un político, puede mirarte a los ojos y sostener, sin ruborizarse, que algo es cuadrado cuando es evidentemente circular; es capaz de presentarse como una persona integra mientras privilegia sus intereses personales. En suma, pueden mentir, engañar o transformar la realidad a su conveniencia, sin mayor problema, si las circunstancias lo ameritan.
Maquiavelo señala que, aunque lo ideal sería que el príncipe actúe con rectitud, lo cierto es que el gobernante debe aprender a simular y comportarse según las circunstancias. Es más, sugería que tener virtudes reales puede ser perjudicial, es mejor aparentar tenerlas. Esa es la verdad efectiva de la política.
Este pensamiento “maquiavélico” se ha resumido en una frase que si bien no es propia del florentino, porque nunca la dijo, sirve para explicar su pensamiento: “el fin justifica los medios”. Bajo este amparo, se pretende que aceptemos el engaño como una fatalidad inevitable, cayendo así en nuestro propio cinismo.
No obstante, no debe ser así. El propio Maquiavelo advertía también la necesidad de no irse a los extremos, hay que ser inteligentes y prudentes para evitar ser odiados. Muchos políticos lo han olvidado y esto los ha llevado a volverse completamente descarados en sus actos, llenándose de una soberbia que les impide reconocer y mucho menos aceptar sus errores, por lo que no tienen problema alguno en seguir actuando como si nada pasara mientras la realidad los desmiente y aleja de la sociedad.
Las mentiras de los políticos seguirán, ya sea sobre las cosas que enfrentan o ellos mismos, pero lo importante —parafraseando a Churchill— es recordar que la democracia exige la humildad de doblegarse de vez en cuando: aceptar el error y tener la voluntad de corregirlo. Sin esa capacidad, no hay política, solo espectáculo.