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El Movimiento del Sombrero: cuando la gente encuentra en un símbolo lo que no ve en la clase política tradicional

El Movimiento del Sombrero: cuando la gente encuentra en un símbolo lo que no ve en la clase política tradicional

Columnas miércoles 10 de diciembre de 2025 -

En política, pocas cosas son tan poderosas como un símbolo que logra meterse en el imaginario colectivo. Y, a veces, ese símbolo surge sin estrategia previa, sin manual, sin cálculo: nace de la espontaneidad.

Eso es exactamente lo que está ocurriendo con el movimiento del sombrero, detonado tras el asesinato de Carlos Manzo, presidente municipal de Uruapan, un hecho que cimbró al país y encendió una ola emocional que hoy supera las líneas partidistas tradicionales.

Lo relevante es que este movimiento no surge desde el poder, sino desde la ciudadanía. Desde la reacción genuina de una población que se siente golpeada, no escuchada y cansada de los moldes políticos que, durante años, no han respondido a los retos de seguridad, desigualdad y falta de representación.

En cuestión de días, el sombrero pasó de ser un gesto individual a convertirse en un código colectivo de identificación. Y lo más importante: está creciendo. Crece en redes, crece en las calles, crece en la conversación pública. Crece porque en un país donde la política se ve rígida y desconectada, cualquier elemento que logre estimular empatía y reconocimiento se vuelve combustible emocional.

Aquí es donde conviene mirar a la historia. Cuando Vicente Fox rompió con el molde del político tradicional —un hombre que usaba botas, que hablaba directo, que cargaba el símbolo del sombrero ranchero— no solo rompió una estética: rompió un orden político hegemónico que llevaba décadas en el poder con un PRI para ese entonces desgastado y descafeinado con la ciudadanía.

Más allá de los matices, Fox simbolizó una alternancia emocional: le permitió al electorado imaginar que podía elegir algo distinto. Y eso fue suficiente para mover conciencias ciudadanas que buscaban un cambio. En otros momentos, las campañas mexicanas han tenido chispazos de simbolismos parecidos, pero pocas veces han logrado fijarse de manera tan orgánica como está ocurriendo ahora en Michoacán.

El asesinato de Carlos Manso abrió un vacío simbólico que fue tomado con fuerza por la ciudadanía, por su esposa —Grecia Quiroz, quien ahora ocupa la presidencia municipal de Uruapan— y por un liderazgo que apenas comienza a perfilarse con claridad: Carlos Bautista Tafolla, diputado joven que ha impulsado el uso del sombrero como un gesto de identidad y resistencia.

Y aquí está lo que no debe pasarse por alto: los movimientos que nacen del duelo, la indignación o el hartazgo suelen tener raíces profundas. No son invento de un equipo de campaña; son la respuesta emocional de un pueblo que busca representación real.

En comunicación política, lo primero que hay que observar no es la forma, sino la conexión. Si un movimiento logra que la gente se reconozca entre sí, que sienta que “eso también me habla a mí”, entonces ya tiene un terreno fértil para crecer.

El movimiento del sombrero no es un capricho estético ni una moda momentánea: es una señal inequívoca de que Michoacán está buscando nuevos referentes, nuevas narrativas y nuevos liderazgos que rompan con la monotonía del tablero político actual.

De cara a 2027, este movimiento podría convertirse en uno de los actores simbólicos más relevantes en la contienda por la gubernatura. No porque un sombrero gane elecciones, sino porque la emoción, el duelo, la identidad y la conexión sí las ganan. Y hoy, en Michoacán, hay una ciudadanía observando con atención qué liderazgo será capaz de convertir este símbolo en un proyecto político real, responsable y de futuro.

Lo que sigue es claro: la clase política tradicional no debe subestimar un movimiento que ya despertó algo profundo.

La política mexicana ha demostrado, una y otra vez, que los símbolos importan, que las emociones importan y que las narrativas que nacen de la gente pueden, en cuestión de meses, redefinir el mapa electoral. Aquí hay un movimiento que ya prendió. Y estoy segura que crecerá.

Zarpazo

Hablando de nuevas fuerzas políticas, Guadalupe Acosta Naranjo presumió que Somos México alcanzó ya el primer requisito de asambleas distritales rumbo a su registro como partido. El anuncio no es menor: evidencia que, mientras los partidos tradicionales batallan por reconectar con la ciudadanía, proyectos empiezan a ocupar espacios y a construir estructura territorial. Puede gustar o no, pero el avance de Somos México confirma que el tablero político se está moviendo y que las rutas alternas empiezan a tomar forma.

Ivonne Arriaga
Asesora en comunicación política con enfoque en narrativa y estrategia gubernamental.

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