Síguenos @ContraReplicaMX
Columnas
La potencia cultural de México es la más importante de América, heredando el alma de las muchas naciones e imperios precolombinos, así como al ostentar la gloria del Virreinato, como Humboldt lo califica, más importante de Occidente. Si bien el periodo del siglo XIX es terrible, en esas páginas cargadas de pesar, no deja de asomarse la grandeza de un crisol de pueblos que solamente en la cuenca mediterránea, o las lindes del MeKong -sudeste asiático-, han surgido prodigios sorprendentes que sì pueden presumir lo más grandioso que la humanidad ha podido crear, a pesar de sí misma.
México, la honra de América, la mestiza orgullosa como lo fuera la Imperial Roma o el imperio Kemer, descendiente lo mismo de la madre griega, que de la media luna del islam que por ocho siglos instaló su poder en la Iberia de la que provienen partes sustanciales de nuestras genealogías, esas que se extiendieron por los dominios donde jamás se oculta el sol, bajo el amparo bicefalo de la casa de Habsburgo, que al tiempo que cocedía la cédula imperial para constituir la Real y Pontificia Universidad de México, extendía su égida hacia las Filipinas, dominando sobre los reinos germánicos del Santo Imperio. Una herencia que nos hace la más aristocrática tierra de una América que pintaba sus templos con las flores indígenas y con los claroscuros de los dominios reales en Flandes y en la Toscana.
No somos la propiedad de un cacique provinciano y zafio, ni mucho menos el botín vulgar de una banda de sirvientes fanatizados. Somos el fénix americano que ha plantado perennemente la cara al desmemoriado poderío anglosajón, que ante nuestra estirpe, es un adolescente pretencioso al que le falta leer mucho del camino de la historia. El latín y el náhuatl se pronunciaban en nuestras iglesias, donde el humanismo de Vitoria concedió grandeza a nuestros maestros religiosos, herederos de la religión de Israel, y de los tesoros de quetzalcoatl: flores de cuatro pétalos emergidas de los corazones latientes de cada mexicano, que al elevar sus rezos al sol, lo mismo ha construido instituciones milenarias, que palacios donde la mano del arte jamás se detiene, labrando con ingenio la prosperidad magnífica de nuestras ciudades.
No podemos bajar el rostro ante la permanente amenaza de un vecino enrarecido, con el que sin embargo compartimos historia y lazos consanguíneos. Nuestros advenedizos primos del norte -un norte que fuera nuestro, lo recuerdo- y con el que una alianza ha relanzado nuestra posición y de la que nuestra cultura abarca la totalidad de norteamérica, a la que nosotros construimos sin la ayuda -esa que jamás ha existido- entre nuestros dizque primos del sur. En nosotros cabe la defensa de la orgullosa tierra.