Los monarcas hispánicos de la Casa de Habsburgo, difícilmente pronunciaban discursos ante público alguno, y antes bien, la relevancia del momento, era manifiesta con la imponente presencia de un gobernante educado desde niño para el difícil ejercicio del poder. Uno de los principios prudenciales del arte del gobierno, es dónde abrir la boca y dónde no.
La prudencia, como la capacidad moral de entender la magnitud y la diferencia de cada momento, considerando el contexto, la presencia de un público e incluso, su edad, es una virtud profusamente recomendada en todos aquellos “Espejos de Príncipes” (p.e. redactados por Tomás de Aquino o Dante Alighieri), para atender no solamente la dignidad del gobernante, sino del símbolo que encarna. La persona al frente de un gobierno, siendo sin duda alguna una persona físicamente como cualquier otra, no lo es, sin embargo, cuando reconocemos su papel como máximo representante del respeto y la concordia de una sociedad que no puede subsistir bajo la permanente violencia.
El gobernante calla no porque no pueda expresarse, sino porque debe de evitar el surgimiento del conflicto al expresar una posición sobre algún asunto trascendente, y aunque tome una determinación inevitablemente, al menos debe de jugar con la imagen de concordia, dispuesto a escuchar a las partes, no porque como particular tenga ese gusto, sino porque como gobernante debe de encarnar la suprema esperanza que la prudencia concede al gobernante. Si un gobernante no se muestra ante la sociedad como virtuoso, se devalúa el sentido de su dignidad para ocupar la alta posición que ostenta.
El gobernante calla porque su gloria no se puede empañar con las pasiones humanas del momento: el enojo, el resentimiento, la frustración, la envidia, al tiempo que el miedo y la inseguridad, son todas ellas partes de la humanidad de los mortales, incluyendo al propio gobernante, que al mismo tiempo si no sabe controlar su humanidad, acontece el comprometerse a él y a su investidura, a una falta de respeto que puede pasar inadvertida a los muchos Calígulas que han habido en la historia, confiados en el poder presente, sin considerar que si existe algo relativo es la estabilidad de la fortuna que caprichosamente cambia, y ese que se sentía muy seguro calumniando y persiguiendo opositores, embarrándolos con la suciedad de sus labios, puede luego encontrarse en una situación tan comprometedora que solamente la respetabilidad que haya encarnado, lo puede salvar.
El gobernante calla porque la palabra compromete, está reglamentada por el auspicio de la diosa Justicia, que si es transgredida, esta responde de una manera: con la injusticia. Los viejos Habsburgo sabían que su gloria no dependía de su boca, sino de la grandeza de sus acciones en un imperio donde nunca se ponía el sol.