El libro más reciente de Mark Coeckelbergh se intitula como esta columna. El autor es Profesor de Filosofía de los Medios y la Tecnología en el Departamento de Filosofía de la Universidad de Viena, Austria. Parte de una idea incómoda: la inteligencia artificial no es solo un asunto de ingenieros. Cuando entra en tribunales, escuelas, sistemas de crédito o vigilancia, los conceptos clásicos de la política (libertad, justicia, democracia) dejan de ser abstractos y cobran urgencia nueva.
El libro no es una admonición apocalíptica ni un rosario de acusaciones fáciles. Ofrece, en cambio, una introducción accesible desde la filosofía política a los desafíos que la IA impone a nuestras instituciones, al orden internacional, a la democracia, a la paz, a la libertad y a la vida cotidiana.
La obra contiene al menos tres aportes fundamentales. 1. Analiza cómo la vigilancia ubicua y la automatización de decisiones judiciales o electorales erosionan la calidad democrática. (En su libro Por qué la IA debilita la democracia profundiza en ese diagnóstico). 2. Examina la discriminación algorítmica en sistemas judiciales y sociales, y obliga a preguntar qué tipo de igualdad buscamos en un entorno mediado por algoritmos. Y 3. Propone que la filosofía política del siglo XXI no puede seguir evitando "la pregunta sobre la técnica" de Heidegger. La IA nos fuerza a repensar qué significa ser humano y ciudadano.
Sobre el poder real de la IA: “La política de la IA tiene un alcance muy profundo en cuanto a lo que hacemos con la tecnología en nuestro hogar, en el lugar de trabajo, con los amigos, etc., que, a su vez, conforma la política. Quizás este sea el poder real de la IA: mediante lo que hacemos en nuestros teléfonos inteligentes y en otras pantallas, otorgamos poder a la IA y a aquellos que la usan para acumulación de capital, apoyamos estructuras sociales hegemónicas específicas, reforzamos divisiones binarias y negamos pluralidades.”
El libro cierra con una pregunta que encuentro existencial: ¿Qué tecnologías políticas necesitamos para moldear el futuro? Para Coeckelbergh, la IA no es neutra porque cambia nuestra comprensión de libertad, igualdad y democracia. Por eso, conceptualizar la política de la IA no es aplicar nociones viejas, sino cuestionarlas desde cero. El autor reclama más filósofos trabajando en el nexo filosofía política/filosofía de la tecnología, y una política de IA más participativa, pública, democrática e inclusiva con diferencias culturales.
En un momento donde la IA se discute en términos de productividad o miedo, Coeckelbergh la lleva al terreno donde siempre debió estar: la política. No nos ofrece respuestas cerradas, pero sí deja en claro que, si nos ponemos las pilas, el futuro no será de Skynet, sino de que podamos hacernos mejores y más duras preguntas.
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