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Francisco Umbral y el viejo lesbiano

Francisco Umbral y el viejo lesbiano

Columnas jueves 17 de octubre de 2019 - 03:21

Cinco años antes de morir, con la boca ligeramente torcida por una parálisis facial, Francisco Umbral le confesó al biógrafo Eduardo Martínez Rico que le habría gustado ser un poeta maldito, a la manera de Verlaine, de Villiers de L'Isle y, sobre todo, de su admirado Baudelaire, “que algo tenía de lesbiano”.

Hace cincuenta años, en 1969, Paquito Umbral —como le llamaba cariñosamente su amigo Camilo José Cela— publicó tres libros eróticos que tenían como eje rector el lesbianismo: Las vírgenes, la novela Si hubiéramos sabido que el amor era eso y el ensayo Biografía completa de Marisol.

Más allá del tema —que ya desde entonces comenzaba a revelarse como un tópico recurrente en la obra del prolífico escritor madrileño—, a pocos asombró que, casi al mismo tiempo, aparecieran tres libros del autor. Y es que Umbral, desde muy pequeño, había asombrado por su genialidad incontinente.

Francisco Alejandro Pérez Martínez (1935- 2007) —que durante décadas hizo desatinar a reseñistas y entrevistadores ocultándoles su nombre de pila— fue un niño berrinchudo cuyos ataques de ansiedad generaban una devastadora potencia —“maligna, según diría él mismo años más tarde— que “cimbraba los cimientos de la casa familiar”. Para calmarlo, su madre lo recluía durante varias horas en el desván. Ahí, en aquellas paredes silenciosas y forradas de libros polvorientos, poco a poco, el muchacho se fue convirtiendo en un asaz lector, sobre todo de poesía. Su dietario estaba compuesto por un heteróclito catálogo de narradores, ensayistas y poetas: Cervantes, Darío, Valle-Inclán, Gómez de la Serna, Kafka, Joyce, Pound, Gide, Wilde, y en cuya obra, según él, “ya asomaba el moderno lesbianismo, aunque en estado larvario”.

Al dejar la mancebía, el genio de Paco se hizo irritable y, ante las pazguatas respuestas de amigos, vecinos o compañeros de tertulia, se encogía de hombros, lanzándoles desdeñosos y profundos bostezos de tedio. De Rilke a Alejandro Sawa, y de Kipling a José Hierro, su erudición —que no lo parecía— era tan vasta como arrolladora.

Transformado prematuramente en un viejo mohíno —y no pocas veces cascarrabias— que, curiosamente, había gozado de un genio precoz, jamás se permitió caer en la huera tentación de glorificar la mocedad. Todo lo contrario: con el acento de un abuelo desencantado ante la juventud perdida, criticó acremente a los editores que, en busca de ofrecerle al público juventudes y primicias, insistían en presentar a los jóvenes escritores como si la pubescencia, más allá de su lozanía, también ofreciera méritos literarios.

Ya en plena madurez creativa, en un ensayo contenido en el libro Los placeres y los días, escribiría que “el adolescente está condenado a perder sus mejores años siguiendo vocaciones falsas… y tontas”... “¡Antes que leer la desangelada obra de poetas niños, me gustaría más hacerla de lesbiano!”

Durante un tiempo le dio por hacerse el diletante y, para epatar al público de altos vuelos, comenzó a escribir unos artículos largos, muy literarios, cargados de abrumadoras referencias eruditas. Pero se aburrió y, al poco tiempo, volvió a su prosa poética desenfadada, que regularmente escribía en versos alejandrinos, un recurso que, por lo demás, tenía perfectamente domeñado. Y quizá por eso le sugestionaba -y sentía tanta empatía-con Baudelaire, quien, haciendo gala de soberbios hemistiquios, le había dedicado una buena cantidad de poemas eróticos -y no pocas veces crípticos- a “las bellas y atroces discípulas de Safo de Lesbos”.

El lesbianismo -que asomó como una presencia constante en la mayoría de sus libros eróticos: Los amores diurnos, Mortal y rosa, Teoría de Lola y otros cuentos, etcétera- fue uno de sus temas predilectos.

De hecho, aunque repudiaba la obra de Colette, le entusiasmó que la autora de Gigi hubiera decidido practicar un “lesbianismo público y privado besándose con su amante en el escenario de los teatros de París”.

En estos libros -además de las frecuentes alusiones a los dioses y de continuar rindiéndole culto a la fecundidad y al falo, siguiendo la estela de Ovidio y Petronio- Umbral no sólo trató la heterosexualidad, sino que también se solazó realizando múltiples referencias sobre el sexo oral, las hetairas y, claro, el lesbianismo.

Umbral —un opíparo lector al que le gustaba ejercer de erotómano— desdeñaba a la crítica literaria.

Y es que para el autor de Mis queridos monstruos —un primoroso libro de conversaciones y retratos literarios—, el único personaje de un libro que realmente importaba era el lector, “o por lo menos el único personaje real, y él es quien con su lectura va creando los otros personajes”. Y justo por eso, los temas solemnes, donde los actores era rebasados por las empalagosas disquisiciones del narrador, herían su alma, como “un carnívoro cuchillo”, para utilizar una de las frases del poeta Miguel Hernández que tanto le gustaban.

A pesar de practicar el diarismo -donde intentaba literaturizar “la infame realidad, como si fuese una provincia bovarizada”-, curiosamente Umbral nunca sintió empatía con la masa lectora. Pero tampoco logró llevarse bien con el espectáculo farandulero que envolvía a la literatura. Le crispaban por igual las presentaciones y las ferias de libros. Y como jamás creyó en la socialización del arte, con un mohín de menosprecio, llegó a declarar que el espectáculo de la cultura siempre le había parecido un horrible “heliogábalo democrático con un librito en la mano y mucho ruido… un suceso de altavoces y mercadería”.

Lector atento de Hipócrates, Plutarco y Galeno, se burló de Gaëtan Gatian de Clérambault, un médico francés que, antes de suicidarse, había intentado catalogar la erotomanía como un trastorno mental: “¡Lo que padece este comediante francés, metido a psiquiatra, es el síndrome de un abuelo atacado por el lesbianismo!”, apuntó Umbral, sin saber que hablaba para la posteridad.


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/CR

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