Ramsés Villalpando
Antes de comenzar a analizar una de las aportaciones más complejas que sembró España en el sistema político mexicano, aclaro que en mi columna del 4 de noviembre pasado, sostuve que el gobierno mexicano es responsable de la crisis de inseguridad en la que vivimos, e hice el siguiente llamado a Claudia Sheinbaum, sobre el asesinato de Carlos Manzo: “Presidenta, como le ha dicho a España, el perdón engrandece a las personas y a los pueblos”. Y hago este recordatorio ya que, entrando en materia, la diputada española Cayetana Álvarez de Toledo sostiene que España no debe pedir perdón a México, sino que México le debe a España agradecimiento y perdón a la viuda de Manzo. Y qué bueno que tocó este punto la legisladora, porque, entre tantas cosas buenas, malas y deleznables que hizo España en el continente americano, hay una, que a mi parecer, es madre de muchos de los males que hoy nos atormentan: la corrupción.
Antes, para reír un poco, te recomiendo ver la espléndida película “Life of Bryan”, del grupo de comedia británico Monty Python, en donde Bryan, un contemporáneo a Jesús de Nazareth, asiste a una reunión secreta de un frente de liberación del yugo de Roma. El orador pregunta enardecido “¿Qué han hecho los romanos por nosotros?”, esperando una respuesta furiosa de su audiencia, hasta que una mano temblorosa se levanta y dice “el acueducto”, a lo que todos desconcertados asienten. Otro agrega “la salubridad/limpieza”, y concuerdan agregando que antes todo era sucio. El orador, incómodo, dice “Además de eso ¿Qué ha traído Roma?”. Otro agrega “las avenidas”, y el orador molesto reconoce que es obvio que trajeron las avenidas y caminos. Molesto, insiste en qué más ha traído Roma, a lo que alguien más responde, “sistemas de riego”, otro añade “educación” y otro agrega “baños públicos, “seguridad”; en fin, la civilización.
Como a cualquier patriota mexicano, el discurso de Álvarez de Toledo me resulta incómodo, incluso atrevido y grosero. Y con el párrafo anterior, con un guion de comedia prestado, es más que obvio que reconozco que España trajo a América los avances del viejo continente. Pero no hace falta dar gracias, porque fueron más que pagados con el oro y riquezas extraídas de la Nueva España y sus colonias hermanas. Con anterioridad he aseverado que, tal vez, fuimos afortunados de que fuera España y no un imperio racista como el inglés de ese entonces, quien ocupara nuestro territorio permitiendo el mestizaje y reconociendo la humanidad de las comunidades indígenas, una suerte que no tuvieron las africanas.
Por eso, con esa ofensa que me genera el discurso supremacista de la legisladora conservadora, hoy dedico esta columna a una de las herencias más nocivas a nuestra cultura política: la corrupción. Una herencia que ha carcomido a cada una de las instituciones mexicanas. Una herencia que ha imposibilitado a un grado alarmante la capacidad de acción del Estado mexicano ante el crimen organizado.
Para ello, me voy a remontar a lo aprendido por mi mentora, la Dra. Carmen Sáez Pueyo, por cierto, española mexicana, autora de libros imperdibles como: “Juárez y el mito de la legalidad” y “Justo Sierra: Antecedentes del Partido Único en México”. Quien, por cierto, es detractora de la actual administración, y no se diga de la anterior.
Nos vamos a remontar a mediados del SXVII. En medio de la crisis del azogue, la corona española puso en venta la mayor parte de los cargos públicos en la Nueva España. Las familias ricas se podían hacer de cargos eclesiásticos y puestos públicos clave en la administración colonial. Los puestos públicos eran vistos como inversiones para generar riqueza, una idea que en el estudio de la época se le conoce como patrimonialismo. Un ejemplo de ello eran los alcaldes mayores que, a través de la explotación de las comunidades indígenas a su cargo, amasaron grandes fortunas. Por ejemplo, con la recolección de cochinilla, utilizada para el pigmento púrpura de las valiosas túnicas de la jerarquía eclesiástica.
Los españoles sembraron la idea de que el ejercicio de un puesto público trae consigo el enriquecimiento personal. El patrimonialismo español inyectó el virus de la corrupción que ha azotado a México a lo largo de toda su historia. Trajo la civilización, sí, pero con ella todos sus males. Por ello, no creo que haya nada que agradecer, como dije, las riquezas que se llevaron dejaron una deuda impagable. Un simple perdón no es suficiente.
Debo reconocer que el perdón solicitado por el gobierno de López Obrador me pareció un acto ridículo, hasta cierto punto, de pena ajena. Sin embargo, la reacción del rey de España y de sus facciones conservadoras me parecen aún más ofensivas. Esperaba un acto diplomático superior, pero ahí se ve mi propio malinchismo al creer que, por ser europeos, tendrían la decencia de reconocer su responsabilidad en actos tan deleznables como la matanza de Cholula. Como lo he dicho antes, vivimos tiempos polarizados, inflexibles, donde hay una incapacidad política de reconocer nuestra responsabilidad. Y eso, va para todos.
Concluyo: La conciliación con nuestra historia es una de las tareas pendientes que tenemos los mexicanos. Tan es así que los políticos de derecha evitan su definición como “conservadores”, por la educación liberal-socialista que abanderó el régimen revolucionario, priista, durante siete décadas. Los conservadores siempre fueron los malos de la historia por su enorme afinidad a España y, por supuesto, la defensa del centralismo político y los intereses de la Iglesia Católica. La vía para reconciliarnos no es fácil, hay que asumir errores, reconocer aciertos y aceptar que nuestra sangre es producto del mestizaje. Sí, llevamos la sangre de los conquistadores y de los conquistados.