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Hipos de esperanza

Hipos de esperanza

Columnas jueves 18 de junio de 2026 -



Siempre he tenido la impresión de que el mexicano es profundamente realista, pero con hipos providenciales. Estos últimos suelen ser detonados por hechos un poco arbitrarios, a veces muy cursis. Por ejemplo, la expectativa de llegar lejos en un campeonato mundial de fútbol. Es una situación incómoda, porque me parece que la pasión futbolera en México está casi a la altura de la que existe en Brasil, Argentina o Italia (ensaladas culturales afines), pero al menos ellos tienen algunas historias de éxito. Cuando un argentino nos comenta cualquier cosa en redes sociales con su pregunta "¿Cuántas copas tenés?", y nosotros le contestamos con un meme de devaluación de su moneda, lo hacemos porque es cierto; pero también porque sí arde.
Por eso la esperanza sin fundamento del pueblo mexicano, que es cuatrienal en el soccer pero sexenal en la política, es más trágica y más genuina. En el preámbulo del campeonato, o de la sucesión, el pesimismo agrio y exagerado (no traemos a nadie, todos son iguales) llega a un punto de inflexión, donde se sustituye por un optimismo ingenuo, quinceañero, chafísima (fulano ahorita tiene gol, sutano sí se friega a los corruptos). En el torneo no pasamos de la primera eliminatoria, y en la vida pública tampoco. Unos escándalos por allá, una venganza por acá, un gol dramático que nos saca un empate; y luego pretextos. Los de pantalón largo, la perversidad de los incentivos, la caca en las tuberías. Pero me pregunto si parte del drama y el reclamo no es injusto, porque los seleccionados y los políticos mexicanos salen, todos, de la cantera de talento mexicana, finalmente. A lo mejor unos acaban jugando en el extranjero ya grandes, y otros estudiando en el extranjero cuando son jóvenes, pero su idiosincrasia es la nuestra. ¿Por qué pretendemos exigirles a los nuestros que jueguen como alemanes, en ambas esferas? No es muy racional que digamos.
Siempre me queda la sensación de que la gente que escribe y la gente que gobierna comparten una misma raíz: la necesidad de creer en algo que nos defina, aunque ese algo termine siendo una mezcla de intuición y contradicción. Hoy, comparten también la posibilidad de ofrecer identidad a las personas, que es algo mucho más serio que la afinidad o simpatía. El fanático del Atlante (o del equipo que sea) no va a dejar de irle nada más porque pierda partidos, así como el militante de tal o cual partido no va a moderar su posición nada más porque le hagamos ver una serie de hechos y números.
En última instancia, las cosas son distintas hoy que hace 20 años, y 40. La nostalgia endulza el pasado y eso no es nacional, sino más bien universal; por eso el pasado reciente es controvertido pero el pasado remoto siempre fue mejor, y por eso los tiempos actuales siempre son los peores tiempos. No es cierto, naturalmente, pero las consecuencias que provoca esa visión sí lo son, y a veces determina la reproducción de círculos viciosos, y su fatalismo: “es cultural, wey, es cultural”.


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