Los conservadores, apegados creyentes de las expresiones más rancias de la religión, de tal suerte que para ellos cualquier regreso a reglas añejas no es un retroceso sino parte de los dogmas que conducen su conducta desde hace siglos.
De ahí que las acusaciones de Estados Unidos, al estilo de la Inquisición sean, para la derecha mexicana, una sentencia a la que deben darle credibilidad como en la antigüedad, cuando no podían ver a una mujer que saliera a la calle de noche porque era bruja, o tomar una escoba después del ocaso sin afirmar que era hechicera.
En esa acusación no estaba excluida la envidia o la enemistad comúnmente se culpaba sin pruebas hasta que los señalados morían en la hoguera. Más aún si los designados herejes tenían propiedades o riquezas, más aún si eran mujeres, viudas o solteras, el fallo estaba definido antes de cualquier investigación, bastaba un interrogatorio para confirmar los rumores y condenar a los acusados al fuego, para repartirse después las ganancias entre los delatores y el clero. La Iglesia Católica se hizo poderosamente rica durante la inquisición.
La brujería ahora se llama narcotráfico o comunismo, y supera el macartismo y a la lógica, además de hacer a un lado la historia. De nuevo basta acusar a alguien desde la religión imperante, es decir el gobierno de Estados Unidos, para tener víctimas, culpables pecadores contemporáneos calificados de herejes sin ser investigados pero sí acusados.
En la Inquisición se cometían crímenes con la gracia de Dios, con todo un aparato de Estados colonialistas que apoyaban la tortura y el encarcelamiento como método para conseguir confesión y castigo. Se regresa 600 años en la historia con nueva Inquisición y, lo peor hay quienes lo apoyan desde los rincones más oscuros de la derecha mexicana.
Los panistas intentan hacer de chismes acusaciones sobre narcotráfico y desde los medios exigen sean condenadas las personas señaladas como si fuesen culpables cuando no hay pruebas siquiera para iniciar una investigación.
Sin investigación no puede haber pruebas suficientes ni delito, sólo daño al semejante y expropiación de sus bienes como sucedía en la inquisición, cuando el rostro del delator se escondía y emergía de la oscuridad para cobrar el botín.
Los bienes que están en juego en esta inquisición son claramente definidos para quienes quieren ver, pero la ceguera de algunos convierte este regreso al pasado en la mejor manera de fortalecer la injusticia y destruir la democracia, con consignas de derecha y ultraderecha para incendiar no sólo un hereje sino un país y quedarse con sus bienes.
El apoyo de la derecha a las acusaciones basadas en rumores desde la inquisitorial Casa Blanca, son el mejor pretexto para comprobar al mundo que la Inquisición todavía vive en México por mandato divino.