@onelortizhttps://youtu.be/xluGAVXbvbE?si=IxMsgOZ-89tmT4sy
El regreso del sarampión en México no sólo es una alerta epidemiológica: es también un síntoma político y social de largo aliento. Durante décadas, el país construyó una de las políticas de vacunación más sólidas de América Latina, capaz de contener enfermedades que hoy vuelven a tocar la puerta.
La memoria ayuda a dimensionar el contraste: Nací en 1970, me vacunaron contra el sarampión en 1972 y un año después tuve una segunda dosis; en 1987 me contagié de sarampión, afortunadamente de manera leve, aún así permanecí 40 días en aislamiento. Ahora, me presento en uno de los módulos de vacunación y me dicen que ya no es necesario vacunarme de nuevo, que la población objetivo es menor de 50 años. Resulta que mi generación, la nacida en la década de los setenta es la que mejor protección tiene respecto a este tipo de virus, porque tuve la fortuna de nacer en los años cuando México había desarrollado un sistema de salud pública y de vacunación a la altura de los mejores del mundo o por lo menos de Latinoamérica.
Ese testimonio resume una paradoja: fuimos ejemplo regional y hoy enfrentamos brotes que creíamos superados. Fue un gran logro de la humanidad erradicar la viruela y en 1990 estuvimos a punto de erradicar el sarampión. ¿Qué cambió en estas tres décadas, por qué los brotes aparecen con mayor frecuencia y por qué México encabeza los contagios en América Latina?
Las respuestas son múltiples. Primero, la ola antivacunas alimentada por información falsa que vinculó la vacuna triple viral con el autismo. Aunque la ciencia desmintió ese fraude, el daño cultural persiste. Segundo, la ilusión de que el sarampión había desaparecido: cuando una enfermedad deja de verse, también deja de temerse, y con ello cae la vacunación.
Pero también existe una responsabilidad estructural. Los gobiernos neoliberales debilitaron progresivamente el sistema público de salud; sin embargo, la transición reciente tampoco logró reconstruir con rapidez la capacidad institucional perdida. Desmantelar sin sustituir plenamente generó vacíos que hoy se traducen en brotes. La crítica, por tanto, no puede ser selectiva: debe ser histórica.
Aun así, el momento actual abre una posibilidad de rectificación. Si realmente se cuenta con millones de dosis disponibles y una estrategia nacional activa, el brote puede controlarse en el corto plazo. Más importante aún, puede recuperarse la confianza social en la vacunación, elemento central de cualquier política sanitaria.
El sarampión nos recuerda que la salud pública no admite nostalgias ni improvisaciones ni demagogia. Requiere continuidad, evidencia científica y pedagogía social. México ya demostró que puede hacerlo. La pregunta no es si sabemos cómo, sino si tendremos la voluntad política y colectiva para reconstruir aquello que alguna vez fue motivo de orgullo nacional.
Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce.