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La casita del Conejo Malo

La casita del Conejo Malo

Columnas lunes 15 de diciembre de 2025 -

Los ocho conciertos de Bad Bunny en el Estadio GNP de la Ciudad de México no sólo son un fenómeno musical o un éxito de taquilla. Son, ante todo, un espejo incómodo de la estructura social mexicana, un ritual colectivo donde la música popular terminó exhibiendo, sin proponérselo del todo, las profundas desigualdades que atraviesan a la sociedad contemporánea.

Bad Bunny es, hoy por hoy, uno de los intérpretes más influyentes del mundo y el artista puertorriqueño más relevante de su generación. Su discurso ha sido leído como irreverente, disruptivo, inclusivo, cercano a las periferias y a los márgenes. Sin embargo, la experiencia concreta de sus conciertos en la capital del país mostró una paradoja: incluso en los espacios que se asumen populares, la desigualdad se reproduce con crudeza.

El símbolo más claro fue “La casita”. Una simple estructura escenográfica, colocada estratégicamente, que terminó convirtiéndose en un marcador social. No todos la veían igual, no todos la vivían igual, no todos podían acercarse a ella. Su ubicación física dentro del estadio delimitó fronteras invisibles pero contundentes entre quienes podían pagar la experiencia completa y quienes sólo accedían a fragmentos de ella. La música era la misma, el artista era el mismo, pero la vivencia era radicalmente distinta.

Ahí se revela una verdad incómoda: la desigualdad no se expresa únicamente en la disparidad de ingresos, sino en la imposibilidad de acceder a experiencias significativas. En un mundo donde el capital simbólico —estar, ver, vivir, contar— tiene tanto peso como el capital económico, quedar excluido de ciertas experiencias refuerza la sensación de marginación. No se trata sólo de escuchar canciones, sino de participar plenamente en un acontecimiento cultural que define conversación, identidad y pertenencia. Solo que ahora, los que quedaron lejos de esa vivencia fueron los que pagaron más.

“La casita” derribó, sin discursos ni consignas, el frágil castillo de naipes del relato de inclusión e igualdad que suele acompañar a los espectáculos masivos. Mostró que incluso en la música urbana, nacida en barrios populares y convertida en bandera generacional, el mercado impone jerarquías. El acceso se estratifica, la cercanía se vende y la igualdad se vuelve un eslogan vacío cuando se enfrenta al precio del boleto.

Los conciertos de Bad Bunny funcionaron, así, como una radiografía sociológica del México urbano actual: una sociedad donde convivimos en el mismo espacio, pero no en las mismas condiciones; donde compartimos ídolos, pero no las mismas oportunidades de vivirlos. El estadio lleno celebró, cantó y bailó, pero también evidenció que la cultura, incluso la más popular, no escapa a las lógicas de exclusión.

Quizá esa sea la lección más potente de estas ocho noches: la desigualdad no siempre grita, a veces se monta en un escenario, se ilumina con reflectores y se llama, irónicamente, “La casita”.

Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce.

@onelortiz
https://youtu.be/7YJ0K4gKjys?si=Wl7BIH09EQYB5Qe2

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