La notebook con la que escribo este y otros artículos de opinión es una Mac que adquirí en 2019. No es nueva, no presume el último procesador ni presume cifras espectaculares en las presentaciones de Apple, pero cumple perfectamente con mis necesidades: escribir, investigar, editar textos y navegar. Salvo un cambio de pantalla y una batería que hoy se agota con rapidez, funciona de manera impecable. Es decir, desde el punto de vista del usuario, no hay una razón real para desecharla.
Con esa lógica acudí a una iShop autorizada, con la intención simple y razonable de cambiar la batería. La respuesta fue tan técnica como reveladora: el costo del cambio era prácticamente el mismo que adquirir una computadora nueva, porque la batería venía “integrada al tablero”. Traducido al lenguaje llano: no está diseñada para ser sustituida de manera sencilla. No es una falla, es una decisión de diseño.
La conversación continuó con uno de los vendedores. El precio de una computadora nueva, con características similares a la mía, era apenas cinco mil pesos mayor que el de la batería. Sin embargo, el discurso comercial fue aún más elocuente: no convenía comprar ese modelo porque sería descontinuado muy pronto. La verdadera “mejor opción” era adquirir la versión más reciente, diez mil pesos más cara que la actual. No se trataba de una necesidad técnica, sino de una presión comercial perfectamente calculada.
Algo muy similar ocurre con mi teléfono móvil, un iPhone 11. Funciona sin problema alguno, pero la batería dura poco y, como ya anunció Apple, dejará de recibir actualizaciones en este año. No porque el aparato sea incapaz de operar, sino porque así lo decidió la empresa. Dos ejemplos cotidianos, claros y simples, de lo que se conoce como obsolescencia programada.
Aquí está la paradoja: Apple fue víctima de su propia calidad. Sus productos funcionan durante muchos años. Justamente por eso, para el modelo de negocio resulta un problema que un usuario conserve su computadora o su teléfono más de cinco años. No es rentable. El sistema necesita que los consumidores vuelvan a comprar, aun cuando el producto siga siendo útil.
Con la computadora en el portafolio y el iPhone 11 en el bolsillo, le dije al joven vendedor que quizá Apple debería cambiar su logo y sustituir la manzana por un símbolo de pesos. Hace tiempo dejó de ser una empresa que buscaba crear objetos útiles, bellos y duraderos, o que hablaba de responsabilidad ambiental. Hoy es, como muchas otras, una compañía que sólo persigue un objetivo: vender, vender y vender, incluso si para lograrlo debe forzar la muerte prematura de productos que todavía tienen mucho que dar.
Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce
Por Onel Ortíz Fragoso
@onelortiz
https://youtu.be/RD5p0Epxe_M?si=0TVNKkYbvhAEpUun