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La relación entre la música y las bebidas

La relación entre la música y las bebidas

Columnas viernes 03 de julio de 2026 -



Aunque pueda parecer extraño afirmar que existen vínculos directos entre la música y la bebida, las conexiones son profundas y a veces sorprendentes. Al fin y al cabo, al igual que la música, las bebidas espirituosas forman parte de la vida, no son algo ajeno a ella. Descubrí la complejidad de esta conexión mientras investigaba la historia del ron para un artículo; me di cuenta de que, del mismo modo que el destilado se transformó pasando del aguardiente áspero que se consumía y se repartía a los esclavos al refinado ron cubano ligero de mediados del siglo XIX, la música evolucionó de manera análoga.
Ambas historias estuvieron entrelazadas desde el principio. La importación masiva de esclavos a Cuba durante el siglo XIX trajo consigo también religiones africanas. Estas, como el palo, el akabua y finalmente, la santería, poseían sus propios ritmos sagrados, pero también comenzaron a incorporar el ron a sus rituales de culto.
En las ceremonias celebradas en secreto en los barracones de las plantaciones de azúcar o en los muelles de Matanzas y La Habana, se utilizaban instrumentos improvisados , cucharas, cajas, troncos de árboles y viejos barriles de ron, mientras que las largas clavijas empleadas en la construcción naval se convertían en los palos de percusión conocidos como claves. Todo ello derivó en la rumba, la base de toda la música cubana, y en todo ello el ron estuvo presente. Ambos elementos permanecen inextricablemente unidos.
Una historia similar se vivió en Escocia e Irlanda, donde el whisky servía de inspiración líquida para canciones y melodías folclóricas, además de alimentar el espíritu de las *ceilidhs* (fiestas tradicionales). El whisky se convirtió en el nexo líquido entre la música, el disfrute y la cohesión comunitaria: una cultura que se articulaba en torno a la bebida y la música. Incluso hoy en día, resulta difícil concebir una *ceilidh* sin whisky.
La música y las bebidas espirituosas también pueden reflejar cambios sociales. En 1966, un guitarrista japonés llamado Eddie Ban regresó a su país tras un viaje a Hawái. En su equipaje traía un pedal de efecto *fuzz* (distorsión), el primero que llegaba a Japón. Cuando Eddie lo conectó, su banda, The Golden Cups, pasó de interpretar canciones pop melódicas a adoptar un estilo punk-garaje frenético. Otros siguieron sus pasos, y la escena musical japonesa cambió casi de la noche a la mañana.
Ese mismo año, John Coltrane actuó en Tokio e introdujo una vertiente exploratoria y experimental en la escena del jazz japonés, que hasta entonces se ceñía a los cánones convencionales. Dos estilos musicales muy diferentes, pero que reflejaban cómo el país estaba cambiando: absorbiendo influencias externas para luego dotar a la nueva fusión de un carácter propiamente japonés. Paralelamente, el whisky japonés ganaba seguridad, consolidándose como la bebida de referencia y forjando su propia personalidad. Es en ese momento cuando puede decirse que los whiskies del país se volvieron auténticamente japoneses, del mismo modo que se transformó su música.
La música posee otra cualidad: la capacidad de reflejar y crear estados de ánimo, e incluso de alterar el gusto. Hace años, asistí a una clase multisensorial que resultó toda una experiencia reveladora. Uno de los experimentos consistía en intercalar la charla ofreciendo al público copas de coñac. Sin previo aviso, pusieron música distinta con cada servicio: música ambiental suave, rock y techno ensordecedor. Al finalizar la cata, cuando preguntaron a los asistentes por sus impresiones, todos afirmamos que el coñac bebido con música techno sabía diferente al que habíamos tomado con la música ambiental. En realidad, se trataba del mismo coñac en todo momento; lo único que había cambiado era la música de fondo.
Fue una lección importante sobre cómo la música de un bar afecta al estado de ánimo de la gente, planteando la siguiente pregunta: ¿pones la música que tú quieres escuchar o la que crea el ambiente que deseas? Piensa por ejemplo en esos bares clásicos de whisky japonés: locales en penumbra y silenciosos, donde un jazz suave contribuye a crear una atmósfera de contemplación. Si cambias la música, cambia el ambiente, sin embargo lo más significativo fue cómo cambió la percepción del sabor para todos los presentes. El experimento demostró que al degustar la bebida, intervienen nuestros seis sentidos: vista, oído, olfato, gusto, tacto y mente. Todos los estímulos externos influyen en lo que percibimos y modifican nuestra impresión del sabor. Si en ese bar de Tokio suena una improvisación al estilo de Coltrane, el whisky sabrá diferente.


Pensemos en Cuba y pensemos en los grandes cócteles de la época de la Ley Seca. Ninguno de ellos es pesado o denso; al contrario, son dinámicos, energéticos, incisivos, estimulantes y ligeros. Pensemos ahora en el ambiente en el que se creaban y consumían esas bebidas: un clima cálido y multitudes con ganas de fiesta, una fiesta que se prolongaba en los bares, donde siempre había una banda tocando temas animados. Las bebidas reflejaban ese espíritu. A esto hay que añadir la posibilidad de que los bármanes agitaran la coctelera siguiendo el ritmo de forma inconsciente, actuando como una segunda línea de percusión. ¿Afectaba el movimiento del líquido sobre el hielo al sabor de la bebida? Sí, del mismo modo que la música ayudaba a crear el ambiente y alteraba la percepción del sabor, la música y el destilado, una vez más, estuvieron en perfecta síntesis.
Te invito a que hagas ese ejercicio. Toma tu bebida favorita con estilos de músicas diferentes, a ver que te pareció y que percibiste.


En cuanto a mí, me puedes escribir a anaisdemelo@columnist.com con cualquier duda o pregunta sobre vinos.
¿Y tú, ya fuiste por tu copa?











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