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La secretaria extraña

La secretaria extraña

Columnas viernes 28 de enero de 2022 -

El prestigio de una institución, en buena medida se define por su historia. Los personajes que han contribuido a su engrandecimiento; que han dejado un auténtico testimonio de su paso, fortaleciendo no solamente a la institución, sino a la sociedad por completo, dejando un testamento que no se traduce en necia ideología o encarecimiento forzado de la estulticia y el resentimiento, sino el fortalecimiento de un estado consagrado al perfeccionamiento de sus ciudadanos.

Pocas instituciones podrán compararse en prestigio al de la señera Secretaría de Educación Pública, buque insignia de lo que de mejor y más perdurable pudo tener el proyecto del México posrevolucionario, que con la figura del filósofo José Vasconcelos, logró la construcción de un patrimonio educativo comparado con muy pocos ejemplos así en el mundo. Las auténticas transformaciones, no se dan en la boca del gobernante autocomplaciente, se ofrece en las mentalidades de la sociedad, de integrantes que lograron trascender la precariedad del analfabetismo sempiterno del México rural y explotado, para poco a poco irse transformando en una sociedad moderna, que trazó su destino, en las líneas portentosas del muralismo, que a manera de la Contrareforma jesuita, llevó su credo reivindicatorio, a través del poder de las imágenes que narran la gigantesca historia de una de las sociedades más importantes y antiguas del mundo. Sin Vasconcelos es imposible comprender el imaginario unificador de la sociedad mexicana.

Cuando el legado alfabetizador del Maestro de América, puede presumir semejante obra, el sucesor del filósofo siempre representará un reto para el gobierno en turno, que no puede limitarse a mezquindades políticas, sino comprender que, entre todos los cargos, el de educación, es uno de los que exija mayores cualidades: Jaime Torres Bodet, Federico Reyes Heroles o Agustín Yáñez, son nombres con historia. Si efectivamente poseían una causa política y se encontraban involucrados en un proyecto de estado bien definido, nadie dudaría de las cualidades intelectuales de los mencionados, ni se asumiría que su legado es indigno de la herencia de Vasconcelos.

La aristocracia de la intelectualidad mexicana, de la soberbia obra de la inteligencia nacional, hace que el nombre: Delfina Gómez suene más irrelevante, en claro contraste con sus famosos delitos en Texcoco, cuando solicitó un porcentaje significativo del salario de la burocracia texcocana, medido en millones de pesos, y que taza en equivalencia moral la indecencia del extraño personaje.

Es extraña, no porque se salga en algo de lo común su presencia, sino porque se encuentra posando en la oficina de José Vasconcelos, sirviendo a quién sabe qué intereses, que no son los del deber de la formación de ciudadanía, de la que tanto necesita nuestro país. México requiere sujetos comprometidos con la vida pública, educados y críticos, donde la señora Delfina no tiene cabida.


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/CR

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