Hay momentos en la vida en los que el mundo se hace pequeño. No por falta de horizonte, sino porque el cuerpo —ese territorio frágil que a veces olvidamos cuidar— nos obliga a recogernos, a detenernos, a vivir en otra escala.
Estoy en uno de esos momentos.
Aislada, sin contacto físico, rodeada de protocolos y cuidados extremos para mantenerme a salvo de infecciones, viviendo entre silencios que no son soledad pero a veces se sienten como ella. Mi familia solo existe detrás de un dispositivo; quienes me atienden lo hacen con manos cubiertas por guantes, y el afecto se expresa a distancia, como si el mundo entero hablara en voz baja.
Y sin embargo, aquí, en este encierro, he descubierto que siempre hay algo que sostiene.
Algo que hace de la fragilidad un lugar más habitable.
Volver al corazón: de eso quiero hablar.
Recordar es volver al corazón. Lo dicen como un lugar común, pero en estos días lo he comprobado como una verdad. Recordar no es nostalgia. Recordar es regresar al centro, a lo que permanece incluso cuando lo demás cambia: los afectos, los rostros, los nombres que nos habitan.
Antes de entrar aquí, antes de que este aislamiento se convirtiera en un ritual de cuidado y resistencia, me fui con mis amigas —mis amagas, como las llamo con cariño— a vivir una aventura mágica. Fueron días luminosos, de risa, de complicidad, de caminar sin prisa, de sentir que la vida todavía nos pertenece incluso cuando el cuerpo reclama atención. Esa pequeña fuga me dio el impulso que necesitaba para estar hoy aquí. Fue como llenar los pulmones antes de sumergirme en un océano profundo.
Me doy cuenta de que la memoria afectiva es también una medicina.
Revivir esos momentos es volver a respirar.
Pienso mucho en mi mamá. En su amor silencioso, en su manera de sostenerme incluso cuando no puede tocarme. Hay afectos que no necesitan presencia física para acompañar; basta con la certeza de que existen. Su amor es una de mis anclas. Me recuerda que incluso en la vulnerabilidad puedo ser fuerte, porque alguien me enseñó a serlo.
Pienso también en el apoyo de mi jefe, en su preocupación genuina, en la manera en que ha tendido puentes para que este proceso sea más llevadero. A veces olvidamos que en los espacios laborales también puede haber humanidad, pero yo la he encontrado. Y eso también sostiene.
Y pienso en mí, en mi propia capacidad de resistir.
Estos procesos duros son pruebas, sí. Pero también son espejos: nos muestran quiénes somos cuando el ruido se apaga. Nos obligan a hacer inventario de lo que verdaderamente importa. A crecer hacia adentro. A encontrar fuerza en lugares que creíamos agotados.
He descubierto que no todo lo que nos sostiene puede tocarse.
A veces es una palabra, una voz, un recuerdo, un libro, una promesa que nos hicimos a nosotras mismas. A veces es el deseo de volver a abrazar, de volver a caminar sin miedo, de volver a reír sin que duela.
A veces lo que sostiene es simplemente saber que la vida sigue esperando del otro lado.
Si alguien que lee esto está viviendo un proceso duro —sea físico, emocional, espiritual— quiero decirle lo que yo misma me repito cada mañana:
Vuelve al corazón.
Recuerda lo que amas.
Recuerda quién te ama.
Recuerda lo que te hizo fuerte antes, lo que te hizo soñar, lo que te trajo hasta aquí.
La memoria es un refugio.
La esperanza es una disciplina.
Y la vida tiene una insistencia misteriosa: siempre intenta abrirse paso, incluso en los lugares donde no imaginábamos que podía florecer.
Hoy, aquí, en esta habitación donde todo es silencio y luz tenue, sé que no estoy sola.
Sé que me sostiene lo que he vivido, lo que amo, lo que aún me espera.
Y eso basta para seguir.