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Muerte sin fin

Muerte sin fin

Columnas lunes 14 de septiembre de 2020 - 00:23

“Desde mis ojos insomnesmi muerte me está acechando,me acecha, sí, me enamoracon su ojo lánguido.¡Anda, putilla del rubor helado,anda, vámonos al diablo!”
José Gorostiza



Los estudiosos de la cultura mexicana, especialmente extranjeros, siempre se han sorprendido de la “relación tan peculiar” que tenemos los mexicanos con la muerte; pues le rendimos culto “A la Santa Muerte” y, a su vez, la consideramos amiga, esposa, amante o nos burlaamos de ella y la representamos en diversas formas para asegurarnos su indulgencia. La muerte ha sido para nosotros una presencia vital, vinculada al ciclo de la vida.
En el mundo prehispánico, la muerte fue una fuerza ordenadora del cosmos, un alimento para los dioses y, en consecuencia, era un honor morir por ellos tanto en las Guerras Floridas como en los altares del sacrificio. Los corazones arrancados de los pechos representaban una ofrenda exquisita.
Pero a la llegada de los conquistadores españoles, los frailes introdujeron el miedo a la muerte, la convirtieron en un puente muy amplio a los infiernos o en una puerta estrecha al paraíso. Según la solvencia moral de cada quien. Y es hasta finales del siglo XIX cuando la muerte recupera su presencia gozosa y festiva, con José Guadalupe Posada, autor de La Catrina.
En la literatura, la muerte oscila entre el gozo, la nostalgia y la desolación. Villaurrutia duerme con ella en sus nocturnos de la alcoba, José Gorostiza la mineraliza y llama “putilla del rubor helado”; Rulfo la transforma en una esencia que se respira en todas sus páginas; mientras que José Revueltas la convierte en una sombra pegajosa que ronda sobre un México bronco, profundo y primitivo; un México dominado por las deidades carniceras.
Pues bien, ese México de pesadilla descrito en la obra de José Revueltas pareciera mostrar su rostro más sanguinario en estos días terrenales, como se observa en las crudas estadísticas, ya que de 2006 a la fecha han muerto más de 300 mil personas a manos del crimen organizado y a ello debemos sumar las 70 mil defunciones por causa del Covid-19, sin contar todas las personas que fallecen en sus casas sin atención médica.
Desde luego, las cifras no logran transmitir el tamaño del dolor ni la hondura de la tragedia, por eso es necesario no ver en el crimen y la violencia cotidiana una rutina. Hay que romper el círculo de la muerte sin fin y, acaso, repensar nuestra relación con esa sombra ancestral, atávica, que pareciera ser parte de nuestro ser nacional.

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/CR

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