Hay una escena cada vez más común en las aulas: estudiantes con la mirada fija en una pantalla, desplazando el dedo sin pausa, saltando de un contenido a otro en cuestión de segundos. No es ocio inocente ni simple distracción pasajera; es una forma de consumo que está reconfigurando la atención, la memoria y la manera en que se aprende. A este fenómeno, algunos especialistas lo han llamado —con crudeza pero precisión— “cerebro frito”.
El término no es clínico, pero describe bien una realidad: la sobreexposición a estímulos digitales breves, intensos y constantes está debilitando la capacidad de concentración sostenida. En otras palabras, el cerebro se acostumbra a lo inmediato, a lo efímero, a la gratificación instantánea. Y la escuela —que exige procesos más largos, reflexión y pensamiento crítico— empieza a perder terreno frente a ese bombardeo.
Por lo que, al igual que está sucediendo en otros países, en México, el debate sobre el uso de celulares en las escuelas ya se trasladó del terreno de la opinión al de la acción legislativa, y en los últimos años, diversos congresos estatales han impulsado reformas para limitar o regular el uso de dispositivos móviles dentro de las aulas, especialmente en educación básica y media superior.
El objetivo principal que buscan, es tener reglas claras para su uso durante la jornada escolar, permitiendo su uso únicamente con fines pedagógicos o en situaciones específicas, mientras que otras avanzan en iniciativas que buscan dar mayores facultades a las escuelas y al personal docente para ordenar su uso, porque el celular dejó de ser una herramienta tecnológica para convertirse en un factor que incide directamente en el aprendizaje, la convivencia y el bienestar de niñas, niños y adolescentes.
Esto, lleva a otro punto, que es, sin eliminar los teléfonos celulares completamente de las aulas, cómo utilizarlos de manera efectiva y equilibrada, y así como se establecen horarios, reglas de convivencia y metodologías de enseñanza, también es legítimo delimitar cuándo y cómo se usan dentro del espacio educativo, para que deje de ser un distractor y se convierta en aliado, no en obstáculo.
Y es que los datos son contundentes: la multitarea digital, a la que nos lleva el teléfono celular o cualquier otro dispositivo tecnológico, no mejora el rendimiento, lo fragmenta. La atención dividida no construye conocimiento profundo; apenas roza la superficie. Y en contextos donde ya existen brechas educativas, el uso indiscriminado del celular puede ampliarlas aún más.
Por lo tanto, contar con reglas claras: momentos sin pantallas para favorecer la concentración; actividades guiadas donde el dispositivo tenga un propósito educativo; y, sobre todo, formación en el uso crítico de la tecnología. Porque el problema no es el celular en sí, sino la relación que construimos con él.
Para lograr los objetivos que se buscan en las legislaciones, es necesario involucrar a las familias. La escuela no puede sola frente a un fenómeno que trasciende sus muros. Si en casa no hay límites, si el tiempo frente a pantalla es ilimitado, cualquier regulación escolar pierde fuerza. La corresponsabilidad es clave.
Hablar de “cerebro frito” puede parecer alarmista, pero ignora el problema quien lo minimiza. No se trata de estigmatizar a una generación, sino de reconocer que enfrenta condiciones inéditas. Nunca antes niñas, niños y adolescentes habían tenido acceso a tal volumen de estímulos en la palma de la mano.
Regular los celulares en las escuelas es, en el fondo, una apuesta por recuperar el tiempo de pensar, de leer sin interrupciones, de escuchar con atención, de convivir, de dialogar, de observar el mundo real... es defender la posibilidad de aprender en profundidad en un mundo que empuja hacia la dispersión.
Porque educar no es competir con la pantalla. Es enseñar a vivir con ella sin que nos consuma.
DRA. ROSALIA ZEFERINO SALGADO
Asesora en Comunicación Estratégica e Imagen Pública
Integrante de la Red de Mujeres por la Educación (MuxED)