Imposible llamarse a sorpresa ante la mecánica de extracción de esculturas de Fidel Castro y Ernesto “Ché” Guevara, obedece a un esquema de secuestro. La fantasía de la alcaldesa para justificar su retiro carece de evidencias, porque en ningún momento molestó a nadie su presencia. Era más factible que se retrataran con ellas que cuestionaran su presencia.
Es decir, la molestia de vecinos por las estatuas, instaladas en 2017, es mentira. Muchos vecinos estaban orgullosos no solo de ellas sino de haber sido vecinos de ambos héroes cubanos. Los comerciantes del lugar todavía platican anécdotas de “Alejandro”, nombre que adoptó Fidel en esos años.
Su presencia en ese lugar no es gratuita, a una cuadra hay una placa donde puede leerse que en esa casa vivieron ambos, en José Emparán No. 49.
La ideología de ultraderecha de la alcaldesa, no soportó que, a unas cuadras de su oficina hubiera una estatua de quienes cambiaron la historia del continente y detuvieron más intentos expansionistas de Estados Unidos, en el continente, país al que le tiene gran fervor.
Ella milita en el PRI, pero su corazón está en el PAN, recordemos aquella escena de celos, a golpes que protagonizó su entonces esposo Emanuel Grey, contra el alcalde de Miguel Hidalgo en el lobby de un hotel, Mauricio T abe, cuando Alessa era la directora de Desarrollo Social, de esa demarcación.
Es decir, ideológicamente oscila entre los dos partidos más viejos del país, con sospechosas relaciones oscuras con el vecino del norte, acérrimo enemigo de Fidel y Ernesto, cuyas estatuas secuestró como atención a los vecinos que, según ella, le solicitaron retirar. Hay estatuas en México que ofenden no sólo una colonia o alcaldía sino al país entero. Una de ellas yace tirada en el patio de Los Pinos, un viento inesperado la tumbó por la mala calidad de los materiales.
El paisaje urbano nunca ha sido decisión de los gobiernos en la ciudad de México, hasta que llegó la Mecenas del bloque negro, porque en nuestro país hay una estatua para Maximiliano, Miramón y Mejía en el Cerro de las Campanas, en Querétaro, y nadie lo ha secuestrado, de Washington en Chapultepec, desde 1970, de Porfirio Díaz en Reforma, etc. Ahí siguen.
La forma de operar lo que Alessandra llama trueque no es más que la mecánica de una secuestradora que ha ocultado el lugar donde tiene escondidas las estatuas y pide dinero a cambio para entregarlas, supuestamente para destinarlas a obras, de la cuales no ha entregado cuentas claras.
El desconocido túnel de las obras en la Cuauhtémoc no tiene luz al final sino opacidad. Hasta el momento no aclara el costo de baches, la explicación sobre la represión contra ciudadanos, ni el robo de materiales que, según ella, estorban la vialidad.