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La petite mort: el derecho a nuestro propio placer

La petite mort: el derecho a nuestro propio placer

Columnas martes 22 de septiembre de 2026 -

Pensé mucho antes de escribir esta columna. No porque el sexo me resulte un tema incómodo. Todo lo contrario. Es un asunto bastante normal en las conversaciones con mis amigas: mujeres inteligentes, profesionales, con una mente abierta, capaces de hablar de política, libros, trabajo, amor y, con la misma naturalidad, de deseo, orgasmos, fantasías o insatisfacciones. Quizá precisamente por eso tardé tanto en escribirla: porque todavía resulta curioso que podamos hablar públicamente de casi cualquier forma de felicidad, excepto de aquella que también ocurre en el cuerpo.

Los franceses encontraron una expresión extraordinariamente bella para nombrar el orgasmo: la petite mort, la pequeña muerte. Ese instante brevísimo en el que algo parece suspenderse, el pensamiento pierde por segundos su necesidad de control y el cuerpo reclama toda la existencia.

Y es que seguimos atrapados en una antigua tensión filosófica: antes de aprender qué deseamos, pareciera que la moral ya quisiera explicarnos cómo debemos desear. La filosofía occidental intentó durante siglos domesticar las pasiones mediante la razón; y, en el caso de las mujeres, esa vigilancia adquirió una dimensión todavía más profunda. La mujer podía ser inteligente o sensual, respetable o deseante. Como si el pensamiento y la carne fueran territorios enemigos.

Pero la inteligencia y el placer nunca estuvieron peleados.
Como tampoco lo están la belleza y la inteligencia.
Quizá el verdadero conflicto haya sido otro: reconocer a una mujer que piensa y que, al mismo tiempo, conoce su cuerpo, sabe qué desea y no siente la obligación de disculparse por disfrutarlo.
Hay un dato que resulta difícil ignorar. Una investigación publicada en Archives of Sexual Behavior, realizada con más de 52 mil adultos en Estados Unidos, encontró que 95% de los hombres heterosexuales afirmó alcanzar el orgasmo usualmente o siempre durante sus encuentros sexuales. Entre las mujeres heterosexuales la cifra descendía a 65%. Curiosamente, entre las mujeres lesbianas alcanzaba 86%.

La distancia merece algo más que una explicación anatómica.

El mismo estudio encontró que las mujeres que llegaban al orgasmo con mayor frecuencia también reportaban conductas como pedir aquello que querían durante el encuentro, incorporar fantasías, probar nuevas prácticas y comunicarse con mayor libertad con sus parejas. Es decir: el placer también tiene lenguaje.

Comencé escribiendo cuento erótico hace algunos años y aquella experiencia terminó enseñándome algo que no esperaba. Detrás de las fantasías, de las historias que otras mujeres me contaban y de las conversaciones que surgían alrededor de aquellos textos, aparecía con frecuencia una especie de carencia. Mujeres capaces de decidir sobre su trabajo, administrar dinero, dirigir equipos, criar hijos, viajar solas o defender brillantemente una idea y que, sin embargo, tenían dificultades para pronunciar una frase elemental en la intimidad: esto me gusta; esto no; así sí; así no.

No hablo de acumular experiencias sexuales ni de convertir el orgasmo en una nueva obligación. Sería absurdo sustituir una moral represiva por otra tiranía que ordenara disfrutar. Hablo de algo mucho más sencillo: conocerse.

Porque el buen sexo ciertamente puede ser una cuestión de dos —o de quienes libremente participen en él—, pero nuestra satisfacción no puede quedar completamente depositada en las manos de otra persona. Responsabilizar al otro de nuestro placer sería casi tan injusto como entregarle la responsabilidad completa de nuestra felicidad.

El otro puede escucharnos, aprender nuestro cuerpo, acariciarlo, descubrirlo, acompañarnos. Pero primero necesitamos habitarlo.
Y esto no es únicamente una intuición personal. La Organización Mundial de la Salud incluye expresamente el placer dentro de una concepción positiva de la salud sexual: habla de la posibilidad de vivir experiencias sexuales placenteras y seguras, libres de coerción, discriminación y violencia. La sexualidad, desde esta perspectiva, no se reduce a reproducción, prevención de enfermedades o ausencia de disfunciones. También pertenece al bienestar.

Por eso me interesa la petite mort.

Ese pequeño territorio en el que durante unos segundos dejamos de administrar nuestra imagen, nuestra respetabilidad y nuestras obligaciones; donde el cuerpo no necesita currículum, títulos académicos ni explicaciones.
Se puede ser profundamente inteligente y profundamente sensual. Leer filosofía y hablar de sexo. Discutir sobre Kant por la tarde y conocer perfectamente las coordenadas del propio deseo por la noche. Una cosa no degrada a la otra.
Porque disfrutar la sexualidad no significa pensar menos.

A veces exige exactamente lo contrario: suficiente lucidez para preguntarnos qué queremos, suficiente libertad para decirlo y suficiente responsabilidad para comprender que nuestro placer también nos pertenece.
La petite mort dura apenas unos segundos.
Lo verdaderamente importante es llegar a ella estando completamente vivos.



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/CR

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