“Es una suerte para los literatos que ya nadie lea cosas escritas hace mucho tiempo, porque si lo hicieran llegarían a la conclusión de que, se opine lo que se opine sobre la construcción de estanques, la creación de nuevos libros no es más que vanidad”, dice Bertrand Russell en su magnífica obra La conquista de la felicidad, [Penguin Random House Grupo Editorial España, 2015].
¿Quién pudiera desmentir a Russell si sustituyéramos el ejemplo de los literatos y construcción de estanques, por políticos y estrategias eficaces en materia de seguridad y combate a la criminalidad?
Hemos normalizado la violencia en sus diversas manifestaciones. Ejemplos sobran en la prensa nacional, portales de internet, redes sociales y hasta en el cuadrante radiofónico: “Mi .45 conmemorativa fajada al cinto, 5 cargadores, equipado pa’l peligro… Ando en la mafia, responsable y con mucho talento, la mano pa´l amigo, proyectil pa´l enemigo”, retumba la canción en un atiborrado transporte público y la tararean dos menores de edad.
Hemos normalizado también la ocurrencia como remedio a nuestro terror cotidiano. Repetir que la violencia es resultado de la atomización de grupos criminales, la guerra al crimen organizado, disputas por rutas, plazas o herencia del periodo neoliberal, arroja resultado idéntico: argumentos falaces para discusión de café, no propuestas para resolver el problema.
Vemos pasar alternativas de solución. Desdén por el pasado y vanidad, hacen parecer novedoso lo que no lo es, salvo a los ojos de quienes compran ideas cual credo al que deben apegarse por conveniencia política, comenzar modelos desde cero, improvisar perfiles, instituciones, hojas de ruta.
En México, aunque muchos no sepan, existe el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP), cuya objetivo es, entre otros: “dar seguimiento a los acuerdos del Consejo Nacional de Seguridad Pública, instancia superior de coordinación y de definición de las políticas públicas en materia de seguridad pública; es el órgano operativo, el eje de coordinación entre las instancias federales, estatales y municipales responsables de la función de salvaguardar la integridad de las personas, la seguridad ciudadana, así como de preservar el orden y la paz públicos”, de conformidad con lo señalado en su página web.
Si una de sus tareas es instrumentar los acuerdos del Consejo Nacional de Seguridad Pública -instancia superior de coordinación y de definición de las políticas públicas en la materia - llama la atención que la última sesión ordinaria de dicho Consejo haya sido en 2019. La única de la actual administración.
Conforme al texto constitucional, la seguridad pública tiene como fines: “salvaguardar la vida, las libertades, la integridad y el patrimonio de las personas” y comprende la prevención, investigación y persecución de los delitos, así como la sanción de las infracciones administrativas. Es decir, es la función del Estado enfocada a atender la problemática principal para los mexicanos. Según el INEGI, en 2020, el 68.2% de la población de 18 años y más consideró la inseguridad como el problema más importante, seguido del desempleo y la salud.
El SESNP implementó el número 911, modificó el Informe Policía Homologado para hacerlo más ágil y propuso el Modelo Nacional de Policía y Justicia Cívica, por citar políticas públicas que debieran contar con pleno respaldo en beneficio del país.
Tres ejemplos de mejores prácticas con acompañamiento de la sociedad civil que no han merecido atención suficiente para incluirse en la agenda nacional, en detrimento de una prioridad del Estado.
Ignorar al SESNSP, al Consejo Nacional de Seguridad Pública y sus acuerdos, es apostar a la ocurrencia como estrategia.
¿No será ya momento de rectificar?