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Sergio Fernández: el maestro de la literatura sensorial

Sergio Fernández: el maestro de la literatura sensorial

Columnas jueves 09 de enero de 2020 - 00:55

A esta hora, las esquelas hemerográficas ya apuntaron los datos más conocidos ⎼y sobados⎼ sobre el escritor Sergio Fernández: profuso investigador del Siglo de Oro, cervantista, sorjuanólogo (sic) y asaz admirador, en particular, de Calderón de la Barca y Francisco de Quevedo.
Además de haber sido miembro honorario de la Academia Mexicana de la Lengua, las circulares ⎼porque lo publicado hasta el momento no es otra cosa⎼ nos informan que el ⎼muy querido y respetado⎼ profesor emérito de la UNAM fue autor de varias novelas, entre las que destacan Los desfiguros de mi corazón (1986) y Olvídame: novelas de amor para la monja portuguesa (1995).
No obstante, Sergio Fernández (1926-2020) ⎼el amigo de Pepe Revueltas, el alumno de José Gaos y Edmundo O'Gorman⎼ fue mucho más que eso: fue el autor de un par de novelas que, a la distancia, pueden considerarse las más anómalas de la segunda mitad del siglo XX mexicano: Los peces (1968) y Segundo sueño (1976), por la que recibiría ⎼con un retraso de cuatro años⎼ el Premio Xavier Villaurrutia de 1980.
Concentrémonos, en este artículo, en Los peces. A primera vista, se trata de un libro inconexo, sembrado de metáforas y antiguallas, escrito sin respetar los lineamientos argumentales de la novela realista, que tanto cacareaban los discípulos de Walter Scott, entre ellos el cosmpolita y sabelotodo Carlos Fuentes, un estricto contemporáneo de Sergio Fernández.
Por otra parte, esta novela experimental fue considerada ⎼e incluso catalogada⎼ como una novela erótica que, para epatar a la audiencia, incorporaba una serie de abracadabrantes recursos literarios, estilísticos y retóricos que, al final, terminaban dejando al público no iniciado con un palmo de narices.
Pero, bien visto, ambas apreciaciones pecan de superficiales. Esta pequeña obra ⎼apenas rebasa las ciento cincuenta páginas⎼ no sólo instaura su propio universo narrativo (que comienza y termina en él mismo), sino que desdeña la tradición en la que se pertrecharon, por ejemplo, tipos como Juan García Ponce, Juan Vicente Melo o Sergio Pitol, que, a diferencia del autor de Los peces, tuvieron siempre un anhelo más protagónico.
Ahora bien: en esta novela, Fernández no quiso obsequiarle a su lector un sencillo lienzo sobre las escenas de la vida cotidiana. Si el realismo ⎼como clamaron Balzac, Stendhal y hasta Flaubert⎼ aspiraba a reproducir puntual, completa y sinceramente el ambiente social, concediéndole a las obras escritas bajo este influjo un acusado aire de época, el narrador guanajuatense decidió hacer exactamente lo contrario.
Y conste que no es estoy sugiriendo que el autor de Los peces buscara que su novela se despegara de la realidad ⎼ni que buscara “trascenderla”⎼, siguiendo ese frenético y abandonado impulso “automático” en el que los surrealistas guarnecieron sus obras más caóticas e incoherentes.
Nada de eso.
Lo que digo es que Los peces es, en el mejor de los casos, una obra sensorial que tiene como meollo la zozobra que produce un deseo que contraviene las buenas conciencias: que cierta mujer, que sueña, ansía y divaga despierta, logre acostarse con un sacerdote.
¿Novela pasional, con altas dosis delirantes? ¡Desde luego! Y cómo no iba a serlo, si la obra tiene como eje argumental la pasión, que no es otra cosa que una perturbación desordenada del ánimo.
¿Y por eso parece que la protagonista desvaría, se desenfrena y pierde la cabeza? ¡Desde luego! Y aunque ni ella misma sabe hacia dónde irán a parar todos aquellos devaneos, presiente que algo significativo está ocurriendo por ahí, en alguna parte: “la banda de nervios que cruzan el cerebro y que sin puntos sólidos de apoyo me indica que algo importante sucede”.
Y para que esa atmósfera sensorial pudiera desarrollarse plenamente, Fernández vulneró el espacio narrativo. Acto seguido, lo recompuso y, mediante esa estratagema, consiguió enviar de excursión al lector hacia el mundo de los sentidos.
Pero seamos más específicos: el escritor no deseaba obsequiarle a su público un orbe narrativo montado sobre una realidad palpable y, hasta cierto punto, anodina. Más que un escenario tangible, puesto al alcance de la mano, su objetivo fue distanciarse lo más posible del espacio inmediato. ¿Y para qué? Para que cuando los afanes eróticos de la novela se sublevaran y quisieran traspasar el orden establecido (un inocuo viaje a Roma), el lector tuviera la posibilidad de visitar otros mundos mediatos.
El novelista sabía perfectamente que, conduciendo al público hacia una atmósfera sensorial, el libro lograría adquirir las dimensiones que cada lector pudiera adjudicarle. Lo había aprendido en sus lecturas de Boscán.
Ahora bien: es natural que la protagonista delire. ¡Claro! ¿Y cómo no habría de hacerlo si está “infectada por un sentimiento torturado”? Recordemos, en la conciencia amorosa ⎼escribió el propio Fernández en El amor condenado y otros ensayos⎼ “el enamorado pierde, el estarlo, la realidad de sus valores”.
¿Y qué buscaba el autor al nutrir de tanta variedad su obra? Justo eso: alimentar de diferentes ⎼y hasta contradictorios⎼ estímulos su escenario narrativo, y que por cierto es así precisamente como operan los apetitos humanos. De ahí que la razón de ser de esta novela, me parece, sea esencialmente ese prolongado apetecer de la protagonista, que no parece colmarse con nada.
Lo que aturde al lector distraído es que en cualquier apartado donde se abra este libro, su narrativa es concebida como un ejercicio constante y refinado de la sensualidad, y está actúa como servidora, con todos sus placeres subalternos, del supremo fin amoroso. Y por eso desorienta al púbico descuidado.
Y es que hay que decirlo con todas sus letras: Los peces es una novela escrita en clave, no apta para lectores superficiales. El visitante que decida embarcarse en su lectura deberá estar dispuesto a leer entre líneas, si aspira a comprender el comportamiento de los personajes que, de otra forma, no podrían entenderse.
¿Cuánta memoria e imaginación tendrá que reunir el explorador para lograr solazarse con este libro que combina ⎼y divaga⎼ por tantas rutas sensoriales?, es una pregunta que sólo podrá ser respondida para quien decida internarse por esta obra que mueve sus agujas siguiendo su propio compás.


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/CR

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