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Columnas
Supongo que el inspirado Paco Ignacio Taibo II ha de ver llorado de felicidad, al momento de saber que una de esas tantas ocurrencias stalinistas que le han dado más fama que a sus textos -desgraciadamente ya confinados a un segundo plano-, se ha concretado en el campo de exterminio de Teuchitlán, donde se hace lo que el irresponsable -y en maldita hora- director del Fondo de Cultura Económica (FCE), ha exclamado con su espontaneidad cotidiana: “fusilar traidores”.
El fusilamiento, efectivamente, era uno de los productos en la cartera de los “administradores” de ese horror clandestino, muy a la manera de los muy admirados campos de exterminio que abundaron en la extinta Unión Soviética, referencia constante del escritor mentado, donde en sus mejores tiempos la cantidad de seres humanos desaparecidos llegó a contarse en decenas de millones entre la revolución de Octubre y los juicios de Moscú, donde también los “traidores a la patria” o “contrarrevolucionarios”, eran fusilados en nombre de todas esas “supremas causas” con las que los inspirados asesinos tienden a apelar para justificar y encubrir sus delitos.
Justificarse en una gran causa, es un parapeto clásico que protege de la condena moral al miserable. Decir que asesinó a millones de personas en nombre de la “igualdad”, lo hace sonar no como un desquiciado, sino como un “defensor de la patria”. Bajo esta perspectiva “idealizante”, el jefe de la policía secreta de Stalin, Lavrenti Beria (1899-1953) comandante en jefe de la NKVD -abuela maldita de la KGB-, no es un sádico asesino, sino un virtuoso camarada de las más justas causas de la humanidad. La “sublime causa justiciera” es siamesa de la conciencia del sociópata que, curándose en salud, ve brillar su estrella bajo el amparo del lenguaje pervertido.
Cuidar las palabras es virtud, por eso, como recomendación al sociópata encumbrado, refundido en su oscura cueva de sublimes causas, sería la mayor recomendación para que luego no le adjudiquen vergonzosas culpas, pues la historia gira, y toda la perfidia arrojada, se regresa de las más inesperadas formas.
Un campo de exterminio en México, como Teuchitlán, comparado con la inmundicia nazi, efectivamente es parecido, pero guarda más relación con el clima de terror de los campos comunistas, donde la desaparición forzada permanente, se extendió por décadas bajo el auspicio de autoridades e intelectuales que se erigieron en los morales defensores de la violencia totalitaria. El comunismo siempre ha mirado con ternura a escritores y poetas inspirados.
Los mexicanos que sí tenemos vergüenza; que jamás llamaríamos al asesinato de otro ser humano por no compartir nuestras ideas; que no idealizamos el delito en nombre de las más sublimes causas, ya no podemos marginarnos ante un hecho que nos rebaja a lo peor de la historia contemporánea.