El 2 de octubre no se olvida. Esa frase, que ha sido grito de lucha en calles, universidades y barrios de México, encierra una verdad que nos pertenece como nación: la memoria no puede borrarse, la justicia no puede ignorarse y las heridas de un pueblo no deben ser ocultadas. Han pasado más de cinco décadas de la masacre de Tlatelolco y aún hoy sigue siendo un episodio doloroso y vigente en nuestra historia.
Ese día, en 1968, estudiantes, trabajadoras, familias y ciudadanos se reunieron en la Plaza de las Tres Culturas para manifestarse pacíficamente. Lo que comenzó como una expresión legítima de inconformidad fue reprimido con violencia brutal por un Estado autoritario que temía la voz de su propio pueblo. El saldo fue trágico: decenas, quizá cientos de jóvenes asesinados, desaparecidos y familias condenadas a cargar con el silencio impuesto.
El 2 de octubre no es solo un recuerdo de sangre y represión; es también un llamado permanente a la memoria colectiva. Cada año, al recordarlo, reafirmamos que el México que queremos construir es uno donde la voz ciudadana no sea perseguida, sino escuchada; un país donde el poder no se use para acallar, sino para garantizar libertades y derechos.
Como mujer que viene del barrio bravo de Tepito, sé bien lo que significa resistir. Crecer en un entorno donde la adversidad es parte de la vida diaria me ha enseñado que la dignidad no se negocia. En Tepito, como en tantas colonias populares, aprendimos que la organización, la solidaridad y la voz firme son nuestras principales herramientas frente a la injusticia. Y es esa misma voz la que nos hermana con la lucha estudiantil de 1968.
Hoy, desde mi responsabilidad como diputada federal, estoy convencida de que la política debe tener memoria. Olvidar lo ocurrido sería traicionar a quienes dieron su vida por un México democrático. Lo ocurrido en Tlatelolco nos recuerda lo que ocurre cuando el poder se divorcia del pueblo, cuando los gobernantes dejan de escuchar y optan por reprimir.
Pero también el 2 de octubre es un símbolo de esperanza, porque el movimiento estudiantil dejó sembrada una semilla que germinó en generaciones posteriores. Gracias a esa resistencia se abrieron grietas en el autoritarismo, se fortalecieron las luchas sociales y se abonó al camino de la democracia.
Hoy México es distinto, pero aún enfrenta retos enormes. La violencia, la desigualdad y la falta de oportunidades siguen golpeando con fuerza a nuestros jóvenes. El recuerdo del 68 no debe quedarse solo en un homenaje, sino transformarse en acciones concretas que garanticen educación de calidad, espacios culturales, empleos dignos y seguridad para nuestra juventud.
En Tepito, como en todo México, las y los jóvenes tienen derecho a soñar y a construir un futuro sin miedo. Recordar el 2 de octubre es también comprometernos a que nunca más un estudiante, un trabajador o un ciudadano sea reprimido por alzar la voz.
Desde el Congreso de la Unión, seguiremos trabajando para consolidar un país con más justicia social, con más democracia participativa y con un Estado que sea garante de derechos, no verdugo de su gente. Porque el mejor homenaje a quienes fueron silenciados es construir un México donde ninguna voz sea callada.
El 2 de octubre no es solo una fecha del pasado: es presente y es futuro. Es la brújula ética que nos recuerda que la política debe estar al servicio del pueblo, que el poder no tiene sentido sin justicia y que la memoria es un acto de dignidad.
El 2 de octubre no se olvida, porque recordar es también transformar.
María Rosete.